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Lecturas de verano

Julio Cortázar

12. Reunión

Nada podía andar peor, pero al menos ya no estábamos en la maldita lancha, entre vómitos y golpes de mar y pedazos de galleta mojada, entre ametralladoras y babas, hechos un asco, consolándonos cuando podíamos con el poco tabaco que se conservaba seco porque Luis (que no se llamaba Luis, pero habíamos jurado no acordamos de nuestros nombres hasta que llegara el día) había tenido la buena idea de meterlo en una caja de lata que abríamos con más cuidado que si estuviera llena de escorpiones. Pero qué tabaco ni tra-gos de ron en esa condenada lancha, bamboleándose cinco días como una tortuga borracha, haciéndole frente a un norte que la cacheteaba sin lástima, y ola va y ola viene, los baldes despellejándonos las manos, yo con un asma del demonio y medio mundo enfermo, doblándose para vomitar con si fueran a partirse por la mitad. Hasta Luis, la segunda noche, una bilis verde que le sacó a las ganas de reírse, entre eso y el norte que no nos dejaba ver el faro de Cabo Cruz, un desastre que nadie se había imaginado; y llamarle a eso una expedición de desembarco era como para seguir vomitando pero de pura tristeza. En fin, cualquier cosa con tal de dejar atrás la lancha, cualquier cosa aunque fuera lo que nos esperaba en tierra -pero sabíamos que nos estaba esperando y por eso no importaba tanto-, el tiempo que se compone justamente en el peor momento y zas la avioneta de reconocimiento, nada que hacerle, a vadear la ciénaga o lo que fuera con el agua hasta las costillas buscando el abrigo de los sucios pastizales de los mangles yo como un idiota con mi pulverizador de adrenalina para poder seguir adelante, con Roberto que me llevaba el Springfield para ayudarme a vadear mejor la ciénaga (si era una ciénaga, porque a muchos ya se nos había ocurrido que a lo mejor habíamos errado el rumbo y que en vez de tierra firme habíamos hecho la estupidez de largarnos en algún cayo fangoso dentro del mar, a veinte millas de la isla...); y todo así, mal pensado y peor dicho, en una continua confusión de actos y nociones, una mezcla de alegría inexplicable y de rabia contra la maldita vida que nos estaban dando los aviones y lo que nos esperaba del lado de la carretera si llegábamos alguna vez, si estábamos en una ciénaga de la costa y no dando vueltas como alelados en un circo de barro y de total fracaso para diversión del babuino en su Palacio.

Curaduría 27 minutos de lectura
Nathaniel Hawthorne

40. Wakefield

Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre —llamémoslo Wakefield— que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco —sin una adecuada discriminación de las circunstancias— debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal —una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.

Curaduría 19 minutos de lectura
Camila Sosa Villada

50. Oda a mis tetas

Alrededor de los doce años comencé a fantasear con ser travesti, aunque sin saber que esa revuelta que ocurría en los campos de mi espíritu iba a llamarse de ese modo. Y como fui monaguillo antes que humana, con toda la fe de la que era capaz, cada noche recé a la Virgencita del Valle para que me despertara un día con la sorpresa de que me habían crecido las tetas. La Virgen no me escuchó así que de grande, cuando abrí el capullo y me revelé como flor de travesti, me hice tres pares de tetas de goma espuma. Las saqué de un colchón que era materia prima, oficina y cama donde descansar y las había hecho perfectas. Al colchón, por supuesto, lo había encontrado en la vereda. El engaño de las tetas funcionó por varios años. Les decía a los clientes que estaba recién operada y que no me las podían tocar. Solo verlas y tener fe en mi palabra. Pero luego, su hechizo comenzó a menguar. Un día vi mis pechos sobre la mesa y no les creí y nada fue lo mismo desde entonces entre ellos y yo. Tres señores pares de tetas, unas pequeñas para cuando jugaba a ser una chica paki de escote discreto, unas normales para ir a la universidad y las gigantes para salir a yirar. Una noche, una brisa de mal agüero tumbó una de las tetas sobre la estufa de cuarzo y casi morí asfixiada por el humo. Las tiré a la basura esa misma noche, una vez ventilado el cuartito de pensión, no vaya a ser cosa que al otro día los titulares gritaran en los kioscos de revistas: INVERTIDO MUERE ASFIXIADO POR EL SUEÑO DE TENER TETAS.

Curaduría 5 minutos de lectura
José Martí

65. Los Dos Ruiseñores

En China vive la gente en millones, como si fuera una familia que no acabase de crecer, y no se gobiernan por sí, como hacen los pueblos de hombres, sino que tienen de gobernante a un emperador, y creen que es hijo del cielo, porque nunca lo ven sino como si fuera el sol, con mucha luz por junto a él, y de oro el palanquín en que lo llevan, y los vestidos de oro. Pero los chinos están contentos con su emperador, que es un chino como ellos. ¡Lo triste es que el emperador venga de afuera, dicen los chinos, y nos coma nuestra comida, y nos mande matar porque queremos pensar y comer, y nos trate como a sus perros y como a sus lacayos! Y muy galán que era aquel emperador del cuento, que se metía de noche la barba larga en una bolsa de seda azul, para que no lo conocieran, y se iba por las casas de los chinos pobres, repartiendo sacos de arroz y pescado seco, y hablando con los viejos y los niños, y leyendo, en aquellos libros que empiezan por la última página, lo que Confucio dijo de los perezosos, que eran peor que el veneno de las culebras, y lo que dijo de los que aprenden de memoria sin preguntar por qué, que no son leones con alas de paloma, como debe el hombre ser, sino lechones flacos, con la cola de tirabuzón y las orejas caídas, que van donde el porquero les dice que vayan, comiendo y gruñendo. Y abrió escuelas de pintura, y de bordados, y de tallar la madera; y mandó poner preso al que gastase mucho en sus vestidos, y daba fiesta donde se entraba sin pagar, a oír las historias de las batallas y los cuentos hermosos de los poetas; y a los viejecitos los saludaba siempre como si fuesen padres suyos; y cuando los tártaros bravos entraron en China y quisieron mandar en la tierra, salió montado a caballo de su palacio de porcelana blanco y azul, y hasta que no echó al último tártaro de su tierra, no se bajó de la silla. Comía a caballo: bebía a caballo su vino de arroz: a caballo dormía. Y mandó por los pueblos unos pregoneros con trompetas muy largas, y detrás unos clérigos vestidos de blanco que iban diciendo así: «¡Cuando no hay libertad en la tierra, todo el mundo debe salir a buscarla a caballo!» Y por todo eso querían mucho los chinos a aquel emperador galán, aunque cuentan que eran muchas las golondrinas que dejaba sin nido, porque le gustaba mucho la sopa de nidos; y que una vez que otra se ponía a conversar con un frasco de vino de arroz: y lo encontraban tendido en la estera, con la barba revuelta en el suelo, y el vestido lleno de manchas. Esos días no salían las mujeres a la calle, y los hombres iban a su quehacer con la cabeza baja, como sí les diera vergüenza ver el sol. Pero eso no sucedía muchas veces, sino cuando se ponía triste porque los hombres no se querían bien ni hablaban la verdad: lo de siempre era la alegría, y la música, y el baile, y los versos, y el hablar de valor y de las estrellas: y así pasaba la vida del emperador, en su palacio de porcelana blanco y azul.

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Robert Louis Stevenson

66. El Ungüento Amarillo

En cierta ciudad vivía un boticario que vendía ungüento amarillo. Era éste un remedio tan singular que quienes se lo untaban de la cabeza a los pies quedaban libres para siempre de los peligros de la vida, del cautiverio del pecado y del miedo a la muerte. Así lo aseguraba el boticario en su prospecto, y lo mismo decían todos los ciudadanos, y no había en los corazones de los hombres asunto más urgente que aplicarse debidamente el ungüento, y nada les procuraba más deleite que ver a los demás embadurnados. Vivía en la misma ciudad un joven de muy buena familia, aunque de costumbres alocadas, que, si bien era ya un hombre hecho y derecho, no se le ocurría decir del ungüento nada más que: «Ya me lo daré mañana». Y llegado el día siguiente seguía aplazándolo para más adelante. Y así podría haber seguido hasta el día en que muriese, de no ser por lo que le sucedió a un amigo de su misma edad y parecidas costumbres. El amigo iba un día paseando por la calle, sin una sola gota de ungüento en el cuerpo, cuando de repente fue arrollado por un carro que segó su vida en la flor de la edad. El otro quedó conmovido en lo más hondo, tan es así que jamás había visto yo a un hombre más ansioso por aplicarse el ungüento. Esa misma noche, en presencia de toda su familia y al son de la oportuna música, mientras el joven se deshacía en llanto, le untaron tres capas de la pomada. El boticario, que estaba también muy afectado y al borde de las lágrimas, declaró que nunca había dispensado su remedio más a conciencia.

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César Aira

76. El perro

Yo iba en el colectivo, sentado junto a la ventanilla, mirando la calle. De pronto un perro empezó a ladrar muy fuerte, cerca de donde pasábamos. Lo busqué con la vista. Otros pasajeros hicieron lo mismo. El colectivo no iba muy lleno: todos los asientos ocupados, y unos pocos de pie; estos últimos eran los que más posibilidades tenían de verlo, por tener una perspectiva más alta y poder mirar por los dos lados. Aun sentado como iba yo, en el colectivo se dispone de una visión alta, la perspective cavalière, lo que veían nuestros ancestros monta- dos a caballo; es por eso que prefiero el colectivo al auto, en el que uno va hundido pegado al piso. Los ladridos venían de mi lado, el lado de la vereda, lo que era lógico. Aun así, no lo vi, y como íbamos rápido me hice a la idea de no verlo; ya habría quedado atrás. La módica curiosidad que había despertado era la que despertaba siempre la ocasión de un incidente o accidente, pero en este caso, salvo el volumen de los ladridos, no había grandes posibilidades de que hubiera pasado nada: los perros que la gente saca a pasear en la ciudad rara vez le ladran a nada que no sea otro perro. Así que la atención general dentro del colectivo ya se dispersaba... cuando volvió a encenderse, porque los ladridos seguían a más y mejor. Entonces lo vi. El perro corría por la vereda y le ladraba a nuestro colectivo, lo seguía, aceleraba para no quedarse atrás. Eso sí era rarísimo. Antes, en los pueblos, en las afueras de la ciudad, los perros corrían a los autos ladrándoles a las ruedas, yo lo recordaba bien de mi infancia en Pringles. Pero eso había quedado atrás, se diría que los perros habían evolucionado, se habían habituado a la presencia de los autos. Además, este perro no les ladraba a las ruedas del colectivo sino al vehículo entero, levantaba la cabeza hacia las ventanillas. Arriba, todos miraban. ¿Acaso el dueño había subido al colectivo, olvidándose a su perro o dejándolo abandonado? ¿O habría subido alguien que había robado o agredido al dueño del perro? No.

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Kjell Askildsen

86. En el Café

Una de las últimas veces que estuve en un café fue un domingo de verano, lo recuerdo bien, porque casi todo el mundo iba en mangas de camisa y sin corbata, y pensé: tal vez no sea domingo, como yo creía, y el hecho de que pensara exactamente eso hace que me acuerde. Me senté a una mesa en medio del local, a mi alrededor había mucha gente tomando canapés y bollos, pero casi todas las mesas estaban ocupadas por una sola persona. Daba una gran impresión de soledad, y como llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie, no me habría importado intercambiar unas cuantas palabras con alguien. Estuve meditando un buen rato sobre cómo hacerlo, pero cuanto más estudiaba las caras a mi alrededor, más difícil me parecía, era como si nadie tuviera mirada, desde luego el mundo se ha vuelto muy deprimente. Pero ya había tenido la idea de que sería agradable que alguien me dirigiera un par de palabras, de modo que seguí pensando, pues es lo único que sirve. Al cabo de un rato supe lo que haría. Dejé caer mi cartera al suelo fingiendo que no me daba cuenta. Quedó tirada junto a mi silla, completamente visible a la gente que estaba sentada cerca, y vi que muchos la miraban de reojo. Yo había pensado que tal vez una o dos personas se levantarían a recogerla y me la darían, pues soy un anciano, o al menos me gritarían, por ejemplo: «Se le ha caído la cartera». Si uno dejara de albergar esperanzas, se ahorraría un montón de decepciones. Estuve unos cuantos minutos mirando de reojo y esperando, y al final hice como si de repente me hubiera dado cuenta de que se me había caído. No me atreví a esperar más, pues me entró miedo de que alguno de aquellos mirones se abalanzara de pronto sobre la cartera y desapareciera con ella. Nadie podía estar completamente seguro de que no contuviera un montón de dinero, pues a veces los viejos no son pobres, incluso puede que sean ricos, así es el mundo, el que roba en la juventud o en los mejores años de su vida tendrá su recompensa en su vejez.

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Anna Kingsford

88. La mujer encantada

La primera sensación que vino a interrumpir mi sueño la pasada noche fue la de estar flotando, la de ser arrastrada rápidamente por alguna fuerza invisible a través de un espacio inmenso; después sentí que me bajaban con suavidad; y, a continuación, una luz, hasta que, de forma gradual, me encontré de pie bajo la claridad del mediodía y, ante mí, campo abierto. Montes y más montes hasta donde alcanzaba la vista; montañas con nieve en la cima y neblina rodeando los barrancos. Eso fue lo primero que vi con nitidez. Después bajé la vista al suelo y me percaté de que estaba rodeada de grandes masas de una materia gris que, al principio, me parecieron bloques de piedra con forma de leones; pero, al observarlos más detenidamente, comprobé con horror que estaban vivos. El pánico se adueñó de mí y traté de huir pero, al darme la vuelta, descubrí de pronto que aquellas formas aterradoras estaban por todas partes, y las caras de las que tenía más cerca me infundieron un espanto inefable, pues sus ojos, y algo en la expresión de su cara, aunque no en la forma, eran humanos. Me encontraba completamente sola en un mundo terrible poblado por leones monstruosos. Haciendo un esfuerzo por recobrar la serenidad, volví a alzar el vuelo, pero, mientras pasaba entre aquella afluencia de monstruos, me di cuenta de pronto de que no eran conscientes de mi presencia. Apoyé las manos incluso, al pasar, en la cabeza y la melena de unos cuantos, pero no dieron muestra alguna de verme o de notar que los habían tocado. Al cabo llegué a las puertas de un gran pabellón que no parecía construido por manos humanas, sino por la propia naturaleza. Las paredes eran sólidas, y, sin embargo, estaban formadas por una apretada hilera de árboles, a modo de columnas; y el techo lo formaba un denso follaje, a través del cual no se filtraba un solo rayo de luz del exterior. La luz que había era tenue y parecía surgir del suelo. Me encontraba sola en el centro del pabellón, contenta de haberme alejado de aquellas bestias horribles y de su implacable mirada.

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Antonio di Benedetto

90. Pero Uno Pudo

Sabemos de esto por la tradición oral que viene de nuestros remotos antepasados, pues ocurrió hace diez o más años. Hemos de advertir, asimismo, que si al expresarnos prescindimos de todas las formas del singular no es porque asumamos rango de majestades, sino porque todo lo nuestro es plural. Por lo menos, así lo entendemos nosotros. Esta es una diferencia con los hombres, porque, sin dejar de creer que sea posible, nos parece harto difícil la individualidad. El repetirse de las acciones y los pensamientos, el encontrar que ya hubo quien lo haga o en otra parte hay quien lo hace o puede hacerlo idénticamente es tan depresivo que solo la vanidad puede impedir el suicidio. No negamos, no, que de esta manera constituimos lo que el hombre puede llamar una sociedad estacionaria o retrógrada; pero es que estamos cansados de seguir ciegamente su ejemplo. Eso conduce periódicamente a la muerte en masa, a la angustia constante de los esclarecidos y al dolor de los vencidos y los menos dotados. Nosotros solo queremos vivir, vivir en paz. Se nos dirá, tal vez, que nuestra paz viene a ser semejante a la de las araucarias petrificadas. Tal vez. Después de todo, nosotros somos animales. Ni siquiera sabemos nuestro nombre; no ya, por la abolición de lo personal, el de cada uno, sino el de la especie. Se nos llama, a veces, piojillos de las plantas, y este no ha de ser el nombre científico, ni siquiera el que se nos dé en otros países. Pero tampoco eso puede preocuparnos. Ni aunque se nos llamase elefantes o monos sabios conseguirían algo de nosotros, ni siquiera una excitación orgullosa. El bien y el mal, lo bueno y lo malo son fatales e incontrastables. Distribuidos por partes iguales se sufren menos y se gozan más. Lo único que deseamos es vivir, y no la muerte. Por eso somos tan diferentes de los seres humanos, claro está que no de todos, siendo como es posible que solo seamos distintos de algunos determinados. Algo de esto contiene, precisamente, lo que ocurrió en los lejanos tiempos. Temblaban nuestros abuelos porque la dueña de casa anunciaba, de día en día, la desinsectización de las plantas. No lo hacía, no, pero al marido y a todas las visitas les decía que iba a hacerlo. Una corriente inmigratoria dotada de alguna experiencia de otros mundos nos hizo notar que, siendo para una mujer la desinsectización sinónimo de limpieza, no era preciso asustarse de esa mujer, por ser ella poco y nada higiénica. Como respondiéramos que mujeres hay que no son limpias ellas mismas pero sin embargo viven afanadas limpiando el hogar, la corriente inmigratoria -que a poco se asimilaría al nosotros genérico- nos hizo observar que esa mujer no solo no se limpiaba ella sino que nunca limpiaba los pisos y que los pañales de la hija eran repugnantes. Quizás esto mismo fue lo que decidió al marido. Muchas veces escuchamos sus amenazas, sordas o francas, pero jamás nos atrevimos a contarlas en nuestro tesoro de esperanzas. Hasta que el marido procedió un día, memorable para nuestra familia, a la desinsectización de su matrimonio. Después, con el consiguiente traslado de él a una casa inhabitable, porque es de piedra y carece de plantas, vino para la nuestra, aunque no el abandono total, un prolijo descuido a cargo de los parientes. De tal modo llegó para nosotros la era próspera.

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