Ted estaba afeitándose cuando sonó el timbre. El ruido le sobresaltó tanto que se cortó. Su apartamento de propiedad se hallaba en la planta treinta y dos, y Jack, el portero, solía avisarle por anticipado de cualquier posible visita. Así pues, debía ser alguien del edificio. Pero Ted no conocía a ningún vecino, al menos no más allá del intercambio de sonrisas en el ascensor.