Entramos en la ciudad a las 8.30 a.m. hora local. Debo decir a Su Señoría que los integrantes de la tripulación me transmitieron órdenes molestos, casi furiosos. Lo atribuí en ese momento y ahora que no estaba equivocado, a la quietud y al silencio. Era un día claro, el clima era benigno, y el sol, el viento y los salmonetes, nos hacían pensar en una primavera ya muy avanzada. Nuestras ropas pesadas nos molestaban, los bordes de cuero se nos incrustaban en la carne y todos, estoy seguro, hubiéramos querido llevar las sandalias que usamos a bordo y no las botas de los desembarcos. Las calles estaban bordeadas de árboles y había frutos en las ramas de los árboles, frutos verdes todavía, de un verde blanquecino o amarillento, fríos, que parecían dorarse y entibiairse ante nuestros ojos. En el informe oficial detalló el itinerario seguido. Estudiando el plano que se adjunta a dicho informe, encontrará Su Señoría, marcadas con rojo, las casas a las que entramos. Todas estaban vacías. Amuebladas, listas para ser habitadas, con flores en los jarrones, desayunos servidos en las mesas, cortinas flotantes, pero vacías. Todas estaban limpias y frescas, en todas estaban abiertos los vidrios de las ventanas sobre los jardines pero todas estaban vacías. Las calles también estaban vacías. He tratado de ser en el informe oficial lo más objetivo posible, informar sin tratar de que se traslucieran las experiencias anteriores. Pero aquí quisiera hacer dar a Su Señoría que esto era sólo Edén, un reflejo de lo que sentimos, los tripulantes y yo, ante las casas vacías; y después, ante sus habitantes. La nave dejó de ser, de pronto, una otra vez, como único recurso que tuvimos, sobre la desesperación de lo que vimos. Su Señoría perdonará las alteraciones tal vez inútiles. Al salir de la sexta casa (habíamos visto allí esteras, espejos, una mesa redonda, de madera, con un mantel amarillo, tazas blancas; un pájaro en una jaula, plantas recién regadas, todos extendidos sobre un patio) uno de mis hombres propuso que nos volviéramos. No pude considerarlo una falta de disciplina: puse la mano derecha sobre la culata del arma (descargada. Nunca he disparado contra nadie y no hubiera disparado contra él, pero estaba dispuesto a arrestarlo y dejarlo incomunicado en la nave), la dejé allí y seguimos caminando hacia el corazón de la ciudad. No sé en qué pensaban mis hombres; sentía miedo, pero no sé en qué pensaban.