Estábamos hartas de que nos dijeran “no hay asesinos seriales en la Argentina”. Nos hablaban apenas de un hombre monstruo asesino de niños en los años 30, un hijo de italianos que dormía con cadáveres de pájaros bajo la cama, pero ¡estaban tan lejos los años 30! No eran otro tiempo, eran otro planeta. ¿Ni uno ahora?Ninguno. Había criminales crueles pero mataban a sus mujeres, a su familia, por venganza, por dinero. No mataban con método ni por puro placer ni por necesidad, por ansiedad, por compulsión. Nosotras, mi amiga Virginia y yo, habíamos conseguido un libro sobre asesinos seriales norteamericanos en la feria de usados del parque y estábamos obsesionadas. El cinturón de piel decorado con pezones de Ed Gein, los cadáveres que enterraba bajo el parquet John Wayne Gacy el Payaso Asesino, Richard Ramírez que se metía en las casas por la noche silencioso como una sombra. Nuestros padres, enojados, nos decían morbosas, no había bastante muerte ya, hablaban de la dictadura y los torturadores; no entendían que a nosotras nos gustaba otro tipo de infierno, uno de máscaras y motosierras, de pentagramas pintados con sangre en la pared y cabezas guardadas en la heladera.