Saludé a Elva en la sala de espera, y juntos recorrimos la corta distancia hasta mi consultorio. Algo había pasado. Hoy estaba diferente, su paso trabajoso, descorazonado, decaído. Las últimas semanas había vigor en su manera de caminar, pero hoy volvía a ser la mujer desamparada y fatigada que había conocido hace ocho meses. Recuerdo sus primeras palabras entonces: "Creo que necesito ayuda. La vida no merece ser vivida. Hace un año que murió mi marido, pero las cosas no mejoran. A lo mejor soy lenta para aprender".