La mamá de Nico fue a la casa de los Galotto dos meses después de que muriera don Ítalo. Su visita no fue estrictamente una sorpresa para Urbana, la viuda, porque ya doña Emma (la mamá de Nico) había estado en el velorio. Aunque también era cierto que todo el barrio había estado en aquella ocasión. Pero, de cualquier forma, era notorio que a Urbana no le caía para nada bien doña Emma y aceptó su presencia en el velorio por una mínima condescendencia cristiana, lo doloroso del momento y una elemental cuota de educación (Esa tipa, solía decir Urbana refiriéndose a Emma). De todos modos, una cosa era que una vecina no querida acudiese a un velorio exitoso —como había sido el de don Ítalo— y otra que, pasados ya dos meses, y sin justificativo visible, tocara el timbre de la familia Galotto pidiendo hablar con Urbana. El rencor que Urbana sentía por doña Emma no era, precisamente, rencor. Era un cierto rechazo, prevención y tal vez temor por todo el clima poco claro que rodeaba a esa tipa. Se decía en el barrio que doña Emma era bruja. O bien que, en sus ratos libres, hacía brujerías. Leía la borra del café, interpretaba el agua, podía leer las manos, tiraba el tarot. Pero fundamentalmente era espiritista. Le habían contado a Urbana que Emma profesaba el culto de la mesa de tres patas, que concitaba a los espíritus o que junto con otros profesantes (ignorantes denostaba Urbana), practicaba ese extraño juego de la copa, en el que una copa observa un comportamiento errático sobre la mesa señalando personas, respondiendo preguntas, deteniéndose ante presuntos enfermos. Por supuesto, el aspecto exterior de doña Emma cuando andaba por la calle, por ejemplo, era común y corriente. Un ama de casa como las otras. Tal vez un poco más desarrapada que las demás, algo menos cuidadosa con el cabello o no tan meticulosa con los detalles. Al velorio, por ejemplo, había concurrido con un batón algo raído, tipo salida de baño, como si la noticia de la muerte de Ítalo (sorpresiva, por cierto) no le hubiese dado tiempo para acicalarse correctamente. Y cuando fue a lo de los Galotto, dos meses después de lo de ítalo, lucía más o menos igual. Improvisada, digamos. Siempre aseada, decorosa. Pero con chinelas de pompón, abrigadas, para el invierno, dando la impresión de que había salido algo apurada de su casa, tal vez por un trámite que requería cierta urgencia.