El verano pasado renté una pequeña casa de campo a la orilla del Sena, a varios kilómetros de París, y todas las noches iba a dormir ahí. Al cabo de una semana, conocí a uno de mis vecinos, un hombre de treinta a cuarenta años y el tipo más curioso que jamás había visto. Era un viejo barquero, pero un barquero empedernido, siempre cerca del agua, siempre sobre el agua, siempre en el agua. Seguro nació en un bote y seguro morirá en la botadura final.