Después de mantener una intrascendente conversación con el empleado de desinsectación que venía una vez por mes para rociar los alrededores de su casa en la sección de Ruxton, en Baltimore, William Sterog le robó una lata de Malathion, un mortífero insecticida venenoso que llevaba en el camión. Una mañana temprano, siguiendo la ruta del lechero del barrio, empezó a echar cantidades medianas o grandes en cada botella que había en la puerta trasera de setenta hogares. A las seis horas de la acción de Bill Sterog, doscientos hombres, mujeres y niños habían muerto en convulsiva agonía.