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Arauz muerto y celeste

4. Nosotros hemos vuelto la mirada

Este jardín, de la melancolía en altas formas
perdido el último sonido, es orbe sepulto
y el dios errante aún se anuncia en el espacio
de las etéreas frondas, pero regresamos
como antaño a buscar el jazmín de noviembre
y marchar por la grama. Qué silente mañana
en ausencia de tantos héroes, dolor de partidas,
húmedo follaje y un rumor de lluvia
desatada en la tormenta.
Nosotros hemos vuelto la mirada y los ojos
no tienen luz, muertos como los de las estatuas.
El moscardón, polinizando los cálices enormes,
blancos y puros, abiertos en la noche, de un cactus
milagroso, insecto aureolado, fue un chispazo
de oro al surgir de los pétalos.
Por las tapias habíamos escalado como intrusos
hacia la sombra del huerto, en el fervor de la siesta.
Las voces venían lejanas y rotundas, de un hueco
mundo sin muros y sin techos. Luz celeste, en la formación
de aves lentísimas, más el silencio de la era,
más el rumor del crecimiento. Y plácido el sopor
desde el fondo de los cuartos umbríos
con aromas de uvas y laurel, donde se hacía dulce
la pulpa del membrillo y vertía
su ácido jugo la manzana partida por el viento.
Esta paz tiene su precio. De un día a otro
el paso cambia, las manos se ponen rígidas
y la voz se quiebra. Qué puede, oh dios
minúsculo ser tan esquivo como ese tiempo que pasó
por la prisión, y retornó al vacío
y ahora desmenúza la certeza de su término.
Y sin embargo aún nos empeñamos
en volver a este jardín, seguir con los ojos
al insecto de oro que corta el silencio
y penetra en su piel
como nosotros en la nostalgia.

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16. No volveremos a estar tristes

José Demarchi, María Monutti, Mene Flores,
los niños de los galgos hambrientos vaciaban
el pueblo de pájaros con sus ecos estridentes
por el camino del tunar. Y vosotros ya emprendíais
la marcha por siempre sin designio,
zozobrando en el polvo y el fragor.
Todavía están los líquenes azules en la pared del sur
de la casa derruida donde tan sólo un réquiem
de sombras enlutadas, cerró los ojos del loco Chinto
muerto en la mugre aquella noche
de escarchas y delirios.
Tantas marchas y cosechas dieron sus frutos
y el mundo fue luminoso, los torrentes lavaron los pies,
los granizos trajeron suspiros e incertidumbre.
Y se fueron los días y se sucedieron los llantos,
pasó hacia la alfalfa la isoca maldecida en piamontés
y en el almacén de Pablo Cicotello cuántas veces un acordeón
repitió su amarga Morettina desfibrada.
Vientos de noviembre, cumbres de furia sobre la mies,
Juan Miloc en la tormenta sostiene su frente que sangra
y se va de la vida entre escombros y vigas astilladas,
pero los niños viven, viven bajo el sol jocundo
y volverán a cantar en el patio de la casa
cuando se haya quemado la madera roja
del eucalipto partido por el rayo.
Santina Scándolo, el huerto no huele a menta
ni a hierba de San Pedro. El cedrón que se apretaba
entre los dedos, la madreselva
y la reina de la noche tuvieron su esplendor
pero un verano de polvo y de sequía empañó para siempre
su gloria de perfumes.
Juan y Carolina, nadie sabe cuánta piedad abarca
la mirada sepia del hijo en la loza de la tumba
cuando estamos sufriendo en la casa húmeda y despoblada.
No digáis que volveremos a estar tristes
bajo este cielo igual: que nos permitan sólo
llorar algunos nombres para aquietar nuestro corazón
todavía dispuesto a glorificar el pan caliente
y la espesa leche derramada en el camino.

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18. Sábado

¿Había algo más allá de la fluidez de ese tiempo
que se iba? Oh tarde de octubre que adorábamos,
muy mansa, muy verde, muy amada
hasta el viento sutil,
hasta la gloria de las voces que la distancia
destilaba,
hasta ese medio valor que me asaltó sin creerlo
para que pudiera sentirme valiente, dichoso de mis males,
ungido por la palabra, destinado a la gloria
del canto.
Eso vale, amiga dulce, serena ayer,
que delirante de nostalgias aún me sorprendías
y que mostrabas en los ojos más amor del que es capaz
alguno con todas sus entrañas. Sustancia de este año,
desprovista, que de tu infancia recuerdas
no sé que limbo pálido y doloroso en donde muy niña
con medias negras y melena lacia llorabas en un rincón
del parque puesto que te laceraba tu propio
miserable abandono. No es posible indagar
tanto el tiempo sin encontrar un silencio que no explica
por qué en el regreso hacia los pasados caminos
que se transitaron hay algún horror oculto,
una maligna fama de perturbadores días
que no se pueden borrar, no se pueden.
Amada amiga, en la salvaje feracidad
de esa hiedra que crecía, de todo octubre
hecho la luz, de automóviles empujando el sábado
hacia la calamidad de otro amanecer en ruinas,
no estuvimos tan cerca como en el momento
en que te decía ésta es la naturaleza que pervive
inmutable y siempre distinta.
Eso sí, era el momento en que llorábamos
porque tanta belleza que no estaba destinada
a ser sorprendida por nosotros,
se deshacía en dones que nadie sabía
por dónde emprender.
Qué paz en ese rincón del mundo, abrazando a los cipreses,
buscando el sitio para una estatua blanca
sobre el verdor oloroso de los pinos,
mirando a las torcazas en los cables del camino.
De cara al cielo, la humedad de la tierra
en la espalda para otra tarde más.
Qué octubre conmovedor,
qué frescas, amiga, tus palabras.

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26. Carta al amigo que cumple años en octubre

En fin, concluimos amigo mío, que es otra vez octubre
el que desciende. El mismo mecanismo empuja la tibieza
de todos sus días tan serenos que mueren en la beata
dulzura del ocaso. A tu lado hubiérate dicho las mismas
estultas palabras del momento: que el tiempo pasa
y que sin embargo somos tan joviales y risueños
y que tenemos todo el corazón abierto.
Lo cierto es que hemos hecho caminos y eso no se descuenta.
Hemos recorrido en muchos de ellos el polvo de sus rumbos
transitados antes y después, de las calles innúmeras,
de los peldaños escabrosos. Guardamos memoria
de algún follaje que a pocos pasa inadvertido
en las caducas pompas del otoño. Hemos andado
como el hombre medio de la multitud anónima. Alguna vez
nos estremecimos de presagios, descubrimos el continente,
silenciamos la revelación. Despejadas las sombras
nos poníamos a curar heridas, a tragarnos las lágrimas,
a ofrecer nuestra tímida adarga apenas fortalecida
en la contienda. En pocas palabras digamos
que hemos andado el mundo, nos hemos puesto a la par
de los otros y, muchas veces, preferimos guardar silencio
en el infatuado rugir de los sucesos.
Y así llegamos tú y yo a donde estamos.
Ni más ricos ni más pobres de los bienes
que los otros suelen codiciar,
y hemos pensado mucho en la vida
y también en la destrucción, o sea que hemos ocupado
el pensamiento, como tantos otros,
en ese misterio tan arduo cual es el instante de nacer
y el instante de morir. Nos hemos estremecido juntos
porque amamos la paz con júbilo en su serena imagen
de la mujer que da esperanzas y del hombre que protege.
Dimos gritos con los puños apretados y nos mordimos
la ignominia de alguna idea irrepetible
que en la conciencia de cada uno obra.
Hemos dispuesto todo el fervor y nos hemos negado también.
Así llegamos a donde estamos, ni más ricos ni más pobres
que los otros, pero eso sí, dispuestos a entender,
sabios en recibir, intensos en agradecer, prudentes en elegir,
desbordantes en amar, fervorosos en sentir, esplendentes
en otorgar, dignos en pedir, orgullosos en el sufrimiento
y parcos en confiar. Hemos recalado en medio de la muchedumbre
sintiéndonos burlados, y con vergüenza por nuestros
escasos dones y con soledad en nuestro mal,
pero no nos hemos burlado. Ahora amigo,
como otras veces en que te escribo, te señalo
las gracias que de ti provienen,
te devuelvo desde el alma, el alma que me das,
te encargo a mi madre que a una distancia de mí,
¡pobrecita!, te cuenta a veces que siente pena por mi suerte.
Juntos hemos recibido los años que nos marcan
y las horas que nos restan. Pero tú y yo, lo sabemos bien,
contamos con nuestra réplica que se ilustra en los azogues
y nubla la tersura. Hemos andado el mundo
certificando la identidad de los caminos,
el nombre de nuestra gente, el curso de los ríos,
el vértigo de las montañas, la placidez de las colinas,
la comba verde del mar que se hincha
en el horizonte como una gran iguana adormecida.
En pocas palabras, algo de lo que Es, hemos conocido,
y hasta aquí llegamos, temblorosos, vulnerables,
ardientes de amor y nostalgiosos de pureza.
Hemos andado el mundo y nos reconfortamos con ello
si no hicimos otra hazaña. Nos quedan las manos limpias
y el corazón tan libre todavía, porque nunca hemos tratado
de decir más palabras de las que merecen ser dichas,
sólo por el gusto de oírnos
o para gustar a los temibles. Desde este punto,
a través del aire de octubre que adoramos,
te recuerdo, como siempre.

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