1. Regreso a ArauzTibia y leve, la balsámica ceniza de la tierra se consagra. El regreso a destiempo me acusa con alguna señal en el abandono de los huertos y en los rastrojos que soportan como una sombra de cemento bajo mi paso. Alado sopor abate los ojos en el retorno y cada visión me penetra en ligeras esquirlas de muerte aleve como las flores dedicadas a una lápida. Sobre la cruz de la iglesia pájaros solitarios anuncian el agua del otoño y abril tiene ya su languor de atmósferas húmedas y calientes. Desde las paredes carcomidas por el sol y los líquenes nacen los trasgos y una vertiente de espectros que aúllan haciéndose ecos en las tuscas del monte. Los animales, rozando la hierba que aún pervive, dulcemente pacen en muelles honduras de caminos abandonados. 1 minutos de lectura
2. Un girasolDe ese tiempo recuerdo cómo habías reclinado tu cabeza junto al girasol apenas florecido pero que ya pesaba con los granos fecundos en la cúspide del tallo movido por el viento. No era necesariamente un color de manos lo que más contrastaba con la hierba o con el afligente silencio del horizonte, la distancia y los patos silvestres en el cielo. 2 minutos de lectura
3. Apenas detenido entre la frondaUn otro octubre que avanza por los signos de la noche hacia el fulgor de las estrellas que incierta agonía envuelve de suspiros, de ondas, de hojas que descienden. Y círculos de fuego desde el vuelo de las harpías aves de las sombras se rinden al amor de una magnolia abierta apenas y distante. Ese es el alado rumor de la fronda temblorosa que une al áfono eco de la nada la marcha del río y las riberas. En cada gozo, desde el celestial alumbramiento de astros y tormentas, mundo de insectos, de bestias y de pasos. Y casi resumida en la hojarasca, por entre el caserío en sueño, mi sombra de ayer que no perturba. 1 minutos de lectura
4. Nosotros hemos vuelto la miradaEste jardín, de la melancolía en altas formas perdido el último sonido, es orbe sepulto y el dios errante aún se anuncia en el espacio de las etéreas frondas, pero regresamos como antaño a buscar el jazmín de noviembre y marchar por la grama. Qué silente mañana en ausencia de tantos héroes, dolor de partidas, húmedo follaje y un rumor de lluvia desatada en la tormenta. Nosotros hemos vuelto la mirada y los ojos no tienen luz, muertos como los de las estatuas. El moscardón, polinizando los cálices enormes, blancos y puros, abiertos en la noche, de un cactus milagroso, insecto aureolado, fue un chispazo de oro al surgir de los pétalos. Por las tapias habíamos escalado como intrusos hacia la sombra del huerto, en el fervor de la siesta. Las voces venían lejanas y rotundas, de un hueco mundo sin muros y sin techos. Luz celeste, en la formación de aves lentísimas, más el silencio de la era, más el rumor del crecimiento. Y plácido el sopor desde el fondo de los cuartos umbríos con aromas de uvas y laurel, donde se hacía dulce la pulpa del membrillo y vertía su ácido jugo la manzana partida por el viento. Esta paz tiene su precio. De un día a otro el paso cambia, las manos se ponen rígidas y la voz se quiebra. Qué puede, oh dios minúsculo ser tan esquivo como ese tiempo que pasó por la prisión, y retornó al vacío y ahora desmenúza la certeza de su término. Y sin embargo aún nos empeñamos en volver a este jardín, seguir con los ojos al insecto de oro que corta el silencio y penetra en su piel como nosotros en la nostalgia. 2 minutos de lectura
5. Atardecer en el campoAl borde del día, en silencio nubes sin carga se concentran en el cielo. No hay rumores, algún río falso descuella sus turbiones olorosos y este tránsito duele tanto, este atardecer nos castiga. Tú te viertes en mí, mis manos aprietan musgos en la superficie verde de los muros y una victrola antigua nos trae son de criptas con su bocina de lata. Ni pájaros, ni pájaros y qué sed entonces, en el follaje que marca invierno, delusivo silencio nos penetra. Hora del adiós en el vestigio de este baile bajo las tristísimas ráfagas del vals de las guirnaldas, y las muchachas, con sus leves randas del ocaso marcan el ritmo más aéreos sus pies en este instante de pavor. En el vacío ámbito del campo, de repente un estampido hace temblar la tierra y el cielo vesperal. Irreprimible llanto del miedo acongoja al niño que se aprieta al pecho de la madre en tanto este mundo tan callado, duerme su primer sueño de prócer abatido. 1 minutos de lectura
6. EclesiastésHe reclamado para mí un paisaje nuevo. Tembloroso el corazón sintió el principio del tiempo y el ofrecimiento de la cáscara roja en el fruto del verano. "Todo trabaja más de cuanto el hombre puede ponderar, y no se sacia el ojo de ver ni el oído de oír". En la orilla del río los cuerpos temblorosos conmovieron la luz y aún así he reclamado otra dimensión. Qué tardíamente volví a sentir aquella distancia que existe entre el primer día de la vida y mi muerte, y en el silencio de la angustia no ha sido nada tan terrible como saber que vivo y estoy muerto. Y aún así, en los caminos de la noche, cuando tomo el vacío de la ciudad dormida, las calles letales, la llovizna de marzo, mi corazón aspira a la vida frente a la congoja del tiempo en destrucción. Un frontis antiguo, verde de musgos, por el que gotea la humedad del otoño, abraza en un instante ese estremecedor signo del silencio absoluto. Y he reclamado para mí una mansión distinta. Hazme, oh Dios, la excepción de tu orden y que perviva sobre los reinos y el tiempo —grité babeante de orgullo cuando la juventud fortalecía los miembros—, que alado soy por tu gracia, que no existe abismo capaz de detener este viento dulce y devastador. Y firme, al temblor del vértigo y el desdén, sobre soledades y muros, mi patria fue el dolor en crecimiento y en riqueza. Lo que ha sido será, no hay nada nuevo bajo el sol —me dijiste—, vanidad de vanidades. 2 minutos de lectura
7. A PalmiraAh dueña de los días, dueña indivisa, delicioso pájaro en el rocío, de qué pátinas umbrías te velabas el rostro antes de venir a los encuentros cuando en las mañanas, como la industriosa lechera de la fábula, cantabas en los senderos de la huerta entre túmulos de gramas escardadas. Tú estuviste con nosotros, en todas partes, en el aire de la menta, en las salvias azules que habían plantado contra la cerca escabrosa de mosquetas y en cuyas espinas quedaba prisionera alguna frágil mariposa cuando el viento ardiente soplaba desde el norte. 3 minutos de lectura
8. Ha venido otra vez en la noche mi muerteY he aquí el límite en que nace el alba sobre los montes. Ligera mañana se descuelga ya entre las flores de escarcha puestas a sangrar antes de que el sol las hiera. En la hierba helada una sombra de invierno que es larga hace gigante mi cuerpo. Pero no he crecido, apenas si intento superar la noche con estas palabras que se dijeron en la agonía de un hombre: "su alma ya no vive en su esqueleto". Ha venido otra vez a la medianoche mi muerte, pero ya no pasa inadvertida: cada flor que se abre se condena a sí misma y estamos como las flores en el límite. 1 minutos de lectura
9. Quietud de marzoEstás en tu puesto, en el esclarecido verdor que ahora se torna pálido, lentamente hacia el oro glorioso de la tarde, y ha muerto marzo también. Se desandan los días en el predio conquistado y nos proponemos revisar los salmos de los últimos tiempos de alegría. Otoño se sustancia de fáciles nubes con un cielo tan claro y tan nuevo si es que aún una luz tardía de crepúsculo, en su renuencia, nos permite saber cuándo el aire se une con la tierra. Y todos permanecen en su puesto, como ayer, como en aquella ya lejana jornada de estío que nos proponía una temprana tristeza y no la comprendíamos por tanta luz y por tanto tiempo de ocio. De pronto la noche llega en silente desgano a nutrirse de nuestras quimeras olvidadas. Un gallo se equivoca de horas mutando el silencio en un sobresalto y sordos aleteos de palomas pueblan las cornisas. Las sombras tienen más ladridos y en nuestro puerto qué solos nos quedamos. 1 minutos de lectura
10. Adorable memoria de gramasQuién sabe de qué vorágine viene otra vez el viento, ha pasado sobre los techos, voló entre las sombras, tiene su tristeza en este momento. Yo estoy solo. Como siempre, en el segundo en que se forma una idea venías, ocupando todo el mundo tu minúscula vida, Pedro, tan remoto, tan perverso y de qué manera te amaba dulce condenado a dejarnos y a persistir en los sueños. Que es cierto que lloré como tu madre reducida entre los cirios, y yo estaba lejos, donde los libros me ocupaban las manos, donde un polvo de yeso se hacía cristal en la piel poniendo esa ceniza de ancianidad mucho antes de ser antiguo. 3 minutos de lectura
11. De la vida y la muerteDel cálido canto de la noche las cigarras truecan luz en sones, y dolorosas espinas del estío en las ramazones, hacen con blancura de estaño una pálida flor de luna sobre el algarrobo. Y ese aullido lejano, Señor, por las palmas que no fueron bendecidas, un año de cosecha se apronta y duerme el caserío silencioso sobre la hierba desteñida hoy de verdores, y un átomo de oro, en paso leve, me tienta a recorrerte con esas vibraciones de dulces sombras en la noche. Alguna formación de patos contra el cielo, y todo se rige por la nada. Esperarán los surcos cuando la tierra esté pronta y letífico el hombre de la sementera sobrevolado de gaviotas, aventará el grano. Este presagio de frutos, Señor, en silencio apaga mi sed de saber. ¿Quién crece en las preguntas? ¿Quién prodiga las respuestas? Arauz mío, de la memoria nace la vida, la tierra arija despierta en la alborada y el viento crepitará en la mies hinchada de alburas junto a las cruces de los que un día vigilaron su sazón. El tiempo es nada, muerte y vida vibran en un mismo arco. 1 minutos de lectura
12. Desolación frente a los miedosAsciendo como antiguo habitante de estas luces, ligero en el pensamiento aéreo y tantos, escasamente aprendidos, laberintos de tiempo transitado ocultan rastros de montes y senderos. Leuda en la huella de la ausencia un paso de escuálidos rostros y, con un nombre balbucido entre los sistros de la fronda, perturbo la paz de los espectros. Los llamo, que vengan a mí, que me narren en qué edades están detenidas las mañanas de las leches humeantes, de las ubres sonrosadas, de las ranas martinas en las paredes de helechos y la luminosa monotonía de las isocas sobre el compacto verdor de los maizales. Porque han vuelto los ciclos de dolores, la idea fugaz a eternizarse en un desconsuelo y, por ella, qué de pájaros sombríos me acompañan en este polvo de años junto al delusorio transcurrir de los días. Hoy existe un hombre débil en la paz de esta floresta; descuidado son de campanas y el árbol acuden a destacar la ausencia de los muertos en un languor sometido. ¿Quién bebe el marfil de este día?, ¿de dónde obtienen su blancura las garzas? Oh Arauz, cuánto, cuánto tiempo ardido, cuánta, cuánta ceniza en los senderos. Y esa desolación frente a los tiempos me acompaña de un estremecido dolor y miedo. 2 minutos de lectura
13. El exilioOh purísima, pura agua, lluvia de marzo penetrante y fría en el temblor crujiente de las últimas hojas. Nadie podía decirle tan fácilmente adiós a esta tierra y luego borrar los días y desconocer las huellas, los residuos, los bochornos, las afrentas con pertinaz dolor anclado en la carne y la conciencia. Purísima lluvia de marzo que vuelves blanco el día y adelantas la noche en este horario que nos hace temblar de espanto y soledad. Nadie puede celebrar la despedida de otro modo, la despedida del rostro en la ventana, de la mano blanca y gélida en el adiós que nos movió al llanto cuando te dejamos, tierra sagrada, oh sí, que nos movió al llanto tan doliente en un marco acuoso y desvalido como hoy. 2 minutos de lectura
14. Frente a la casa en ruinasDulce hora de la infinitud solar, a silbo de labios la oración balbucida, el arrullo, la imprecisa promesa y el adiós, mas, entre pájaros enfermos que han extraviado el árbol, toda ansiedad te abarca. Aún estamos vivos, nos iguala la carne en las heridas. Un claror difuso envuelve en vapor de hierbas las paredes de antaño que, sobre la humedad de esta floresta, socava el último socorro humano. En frente, hasta el límite del tiempo verticales sendas para una comitiva aérea surgen en terrenal porfía. De este callado instante de la noche, suelto el corazón del puño, en alto vuelo, nace otra alborada inútil perdida entre vientos y perfumes. 1 minutos de lectura
15. Arauz muerto y celesteQué potencia la de sus tierras en donde azules vaharadas en respuesta de esa lluvia de marzo, magníficas venían a despertar la grama reseca del verano. Dios es la fuerza sin límites aún en la tristeza del cementerio callado que las cruces de hierro de olvidadas almas, ya sin lágrimas ni flores, lo vuelven turbio en el licor de los ojos. Cuántos nombres oh cuántos han quedado en el musgo y en la tierra cuánto calcio despertara alguna vez en la dichondra pertinaz y fresca, prendida en los túmulos con ferocidad de garras. Un nombre agranda la tarde en la oquedad sonora de este otoño lúcido y vacío.Ese pueblo ha muerto, Aráuz, polvo del ladrillo, derrumba las rojas paredes de un esqueleto con un corazón de novio grabado a punta de cuchillo. Quien dispara la escopeta de caza en los montes estremece el cristal de la jornada con rítmica explosión en la arboleda. ¿Hay hombres vivos todavía, o son esos fantasmas que te habitan, Aráuz, muerto y celeste? 1 minutos de lectura
16. No volveremos a estar tristesJosé Demarchi, María Monutti, Mene Flores, los niños de los galgos hambrientos vaciaban el pueblo de pájaros con sus ecos estridentes por el camino del tunar. Y vosotros ya emprendíais la marcha por siempre sin designio, zozobrando en el polvo y el fragor. Todavía están los líquenes azules en la pared del sur de la casa derruida donde tan sólo un réquiem de sombras enlutadas, cerró los ojos del loco Chinto muerto en la mugre aquella noche de escarchas y delirios. Tantas marchas y cosechas dieron sus frutos y el mundo fue luminoso, los torrentes lavaron los pies, los granizos trajeron suspiros e incertidumbre. Y se fueron los días y se sucedieron los llantos, pasó hacia la alfalfa la isoca maldecida en piamontés y en el almacén de Pablo Cicotello cuántas veces un acordeón repitió su amarga Morettina desfibrada. Vientos de noviembre, cumbres de furia sobre la mies, Juan Miloc en la tormenta sostiene su frente que sangra y se va de la vida entre escombros y vigas astilladas, pero los niños viven, viven bajo el sol jocundo y volverán a cantar en el patio de la casa cuando se haya quemado la madera roja del eucalipto partido por el rayo. Santina Scándolo, el huerto no huele a menta ni a hierba de San Pedro. El cedrón que se apretaba entre los dedos, la madreselva y la reina de la noche tuvieron su esplendor pero un verano de polvo y de sequía empañó para siempre su gloria de perfumes. Juan y Carolina, nadie sabe cuánta piedad abarca la mirada sepia del hijo en la loza de la tumba cuando estamos sufriendo en la casa húmeda y despoblada. No digáis que volveremos a estar tristes bajo este cielo igual: que nos permitan sólo llorar algunos nombres para aquietar nuestro corazón todavía dispuesto a glorificar el pan caliente y la espesa leche derramada en el camino. 2 minutos de lectura
17. El cazadorA través de una miel que rezuma colores aluvionales y de reflejos en el fluir del río, nada más que algunos pájaros imprecisos de las aguas. Quietud. Cercana la siega. Paciente el cazador disimulado entre los juncos espera la bandada. Se revuelve inquieto porque insectos ardientes como chispas fulguran sobre su cabeza. Yo intento amar a todos puesto que el llamado está próximo, aunque un poco tarde. Pero mi cuerpo que maduró antes, despide esquirlas de dolor y languidece de alguna que otra esencia de ave muerta cada vez que el cazador no falla en sus disparos. Los que amo, con su viejo Ford A, al terminar la cosecha irán en busca de cerveza y acordeones. Tanto espacio de tierra y de rastrojos, las carcajadas fértiles, la saliva espesa, porque aún hay jóvenes corazones. Como el de mi cazador que se ha partido el pecho y muere sin socorro. 1 minutos de lectura
18. Sábado¿Había algo más allá de la fluidez de ese tiempo que se iba? Oh tarde de octubre que adorábamos, muy mansa, muy verde, muy amada hasta el viento sutil, hasta la gloria de las voces que la distancia destilaba, hasta ese medio valor que me asaltó sin creerlo para que pudiera sentirme valiente, dichoso de mis males, ungido por la palabra, destinado a la gloria del canto. Eso vale, amiga dulce, serena ayer, que delirante de nostalgias aún me sorprendías y que mostrabas en los ojos más amor del que es capaz alguno con todas sus entrañas. Sustancia de este año, desprovista, que de tu infancia recuerdas no sé que limbo pálido y doloroso en donde muy niña con medias negras y melena lacia llorabas en un rincón del parque puesto que te laceraba tu propio miserable abandono. No es posible indagar tanto el tiempo sin encontrar un silencio que no explica por qué en el regreso hacia los pasados caminos que se transitaron hay algún horror oculto, una maligna fama de perturbadores días que no se pueden borrar, no se pueden. Amada amiga, en la salvaje feracidad de esa hiedra que crecía, de todo octubre hecho la luz, de automóviles empujando el sábado hacia la calamidad de otro amanecer en ruinas, no estuvimos tan cerca como en el momento en que te decía ésta es la naturaleza que pervive inmutable y siempre distinta. Eso sí, era el momento en que llorábamos porque tanta belleza que no estaba destinada a ser sorprendida por nosotros, se deshacía en dones que nadie sabía por dónde emprender. Qué paz en ese rincón del mundo, abrazando a los cipreses, buscando el sitio para una estatua blanca sobre el verdor oloroso de los pinos, mirando a las torcazas en los cables del camino. De cara al cielo, la humedad de la tierra en la espalda para otra tarde más. Qué octubre conmovedor, qué frescas, amiga, tus palabras. 2 minutos de lectura
19. Yo estoy aquí pensando en mis despojosHubieras visto desgranarse el cielo con todas sus luces cuando la noche desplegó su última ala de tinieblas. Hubieras oído las noticias de los hombres que entraban en el espacio hablar de esta tierra en que estoy parado contemplando al insecto que horada su guarida. Las yedras estaban inmóviles, el sillón de mi madre depositaba su quietud del día sobre un trozo de pared que será permanente y los diarios decían lo yerta que es la luna. Yo estoy aquí pensando en mis despojos, en una mano que endureció el invierno, en una mirada que quedó desprendida desde la rutina de un hombre andando los caminos color del miedo, en un viento profanado por doscientos potentes faros sobre la humedad de la noche en la tormenta. Hubieras visto detener la música para gritarnos a todos cuán peligrosamente cerca de Dios se han colocado. 1 minutos de lectura
20. Tan inocentes de los malesQué silencio, qué triste todo. Yo he querido volver por el camino a buscar la luz ingrávida como entonces y sentir su dulce beso de agua deliciosamente desnudando la carne bajo el sol de diciembre. Ah, pero los pájaros son tan inútiles, esos pájaros de pecho carmesí que un día terminarán por matarnos del todo cuando la hierba que le es cómplice repte en la fragorosa penumbra de los montes. Más muertos entonces, sí, por siempre anclados a la tierra que nos fue pródiga, sin desear nada y nítidos como el éter, tan descuidados de nuestros huesos, tan inocentes de nuestros males. 3 minutos de lectura
21. El corazón me latió como nuncaEllos cortaron el pan de la misma forma en que lo hicieron aquella navidad de mil novecientos dieciocho cuando la guerra los privaba de las castañas y de las cartas que les mandaban los hermanos. Después del atardecer las lámparas despedían su suave vapor de seda, alguien —sólo a veces— llamaba a la puerta y volvían las cigarras a concurrir a su desfallecimiento, cuando se estremecían en el corto deleite de sus manos. Mucho se esperaba, la pobreza se empecinaba en la piel partida y en la frente que marcaba la línea del sombrero. Ni agua, ni sol les servían, tampoco el humus. Pero los árboles del cielo siguieron existiendo a pesar de los ancianos descreídos, del ruinoso acordeón en la noche. Nos separaron, y yo no sé de dónde salió el juez que dividió la grey. Nos separaron para olvidar del todo el fuerte olor de los carros cargados de pasto y de boñiga y la comida dulcemente aromada con los rojos pimientos del otoño. Ah, esa fragancia que medró desde el murmullo del molino, o del estremecimiento de las aguas, de qué manera punzó la carne. Y el corazón me latió como nunca. 1 minutos de lectura
22. LluviaLluvia, en el deslinde rumoroso del jardín, tras los cristales, naufragan hojas en minúsculos ríos de mercurio. Cae la tarde y las sombras ponen agonía en el turbio silencio de los muros cuando en el cuadrante del reloj existe más tiempo para enmudecer los ojos de la espera. Una carta, la palabra callada, de entre los folios amarillos cae una foto. La nada. Los dedos hacen signos en la penumbra tristísima de los cuartos y afuera, en las ramas secas del naranjo duele ahora en el alma, un pájaro mojado. 1 minutos de lectura
23. Estamos en pazOh seres de la noche, vagos fantasmas en el retemblor de la arboleda, cuántos veranos tuve que abarcar para envejecer un día y atisbar hacia los caminos del pasado cuando os digo a vosotros y al mundo, cuando les digo a las bocas de entonces y a sus ojos, a los perfiles que se borraron como la niebla de las chacras: ¿recuerdas?, ya nada es igual, éste soy yo, es este vacío sólo un reflejo de mí mismo, apenas unas ráfagas en las horas, un documento pálido de tiempo. 4 minutos de lectura
24. A Jano BifronteTodo se detiene a escucharte, dueño del tiempo, revelación tardía en la estrechez humana. Cuánta iniquidad en los espejos, y esta pobre piel que se vuelve sin reflejo a las miradas para herir en medio del corazón marchito. 1 minutos de lectura
25. A ti se debe el resplandorA ti se debe el resplandor, dueña del fruto, que en la ruptura de la piel fragante, cual corazón idílico, deslíe la ambrosía de sus jugos. 1 minutos de lectura
26. Carta al amigo que cumple años en octubreEn fin, concluimos amigo mío, que es otra vez octubre el que desciende. El mismo mecanismo empuja la tibieza de todos sus días tan serenos que mueren en la beata dulzura del ocaso. A tu lado hubiérate dicho las mismas estultas palabras del momento: que el tiempo pasa y que sin embargo somos tan joviales y risueños y que tenemos todo el corazón abierto. Lo cierto es que hemos hecho caminos y eso no se descuenta. Hemos recorrido en muchos de ellos el polvo de sus rumbos transitados antes y después, de las calles innúmeras, de los peldaños escabrosos. Guardamos memoria de algún follaje que a pocos pasa inadvertido en las caducas pompas del otoño. Hemos andado como el hombre medio de la multitud anónima. Alguna vez nos estremecimos de presagios, descubrimos el continente, silenciamos la revelación. Despejadas las sombras nos poníamos a curar heridas, a tragarnos las lágrimas, a ofrecer nuestra tímida adarga apenas fortalecida en la contienda. En pocas palabras digamos que hemos andado el mundo, nos hemos puesto a la par de los otros y, muchas veces, preferimos guardar silencio en el infatuado rugir de los sucesos. Y así llegamos tú y yo a donde estamos. Ni más ricos ni más pobres de los bienes que los otros suelen codiciar, y hemos pensado mucho en la vida y también en la destrucción, o sea que hemos ocupado el pensamiento, como tantos otros, en ese misterio tan arduo cual es el instante de nacer y el instante de morir. Nos hemos estremecido juntos porque amamos la paz con júbilo en su serena imagen de la mujer que da esperanzas y del hombre que protege. Dimos gritos con los puños apretados y nos mordimos la ignominia de alguna idea irrepetible que en la conciencia de cada uno obra. Hemos dispuesto todo el fervor y nos hemos negado también. Así llegamos a donde estamos, ni más ricos ni más pobres que los otros, pero eso sí, dispuestos a entender, sabios en recibir, intensos en agradecer, prudentes en elegir, desbordantes en amar, fervorosos en sentir, esplendentes en otorgar, dignos en pedir, orgullosos en el sufrimiento y parcos en confiar. Hemos recalado en medio de la muchedumbre sintiéndonos burlados, y con vergüenza por nuestros escasos dones y con soledad en nuestro mal, pero no nos hemos burlado. Ahora amigo, como otras veces en que te escribo, te señalo las gracias que de ti provienen, te devuelvo desde el alma, el alma que me das, te encargo a mi madre que a una distancia de mí, ¡pobrecita!, te cuenta a veces que siente pena por mi suerte. Juntos hemos recibido los años que nos marcan y las horas que nos restan. Pero tú y yo, lo sabemos bien, contamos con nuestra réplica que se ilustra en los azogues y nubla la tersura. Hemos andado el mundo certificando la identidad de los caminos, el nombre de nuestra gente, el curso de los ríos, el vértigo de las montañas, la placidez de las colinas, la comba verde del mar que se hincha en el horizonte como una gran iguana adormecida. En pocas palabras, algo de lo que Es, hemos conocido, y hasta aquí llegamos, temblorosos, vulnerables, ardientes de amor y nostalgiosos de pureza. Hemos andado el mundo y nos reconfortamos con ello si no hicimos otra hazaña. Nos quedan las manos limpias y el corazón tan libre todavía, porque nunca hemos tratado de decir más palabras de las que merecen ser dichas, sólo por el gusto de oírnos o para gustar a los temibles. Desde este punto, a través del aire de octubre que adoramos, te recuerdo, como siempre. 4 minutos de lectura