Ellos cortaron el pan de la misma forma en que lo hicieron
aquella navidad de mil novecientos dieciocho
cuando la guerra los privaba de las castañas
y de las cartas que les mandaban los hermanos.
Después del atardecer las lámparas despedían
su suave vapor de seda, alguien —sólo a veces—
llamaba a la puerta y volvían las cigarras
a concurrir a su desfallecimiento,
cuando se estremecían en el corto deleite de sus manos.
Mucho se esperaba, la pobreza se empecinaba en la piel
partida y en la frente que marcaba la línea del sombrero.
Ni agua, ni sol les servían, tampoco el humus.
Pero los árboles del cielo siguieron existiendo
a pesar de los ancianos descreídos, del ruinoso acordeón
en la noche. Nos separaron, y yo no sé de dónde
salió el juez que dividió la grey. Nos separaron
para olvidar del todo el fuerte olor de los carros cargados
de pasto y de boñiga y la comida dulcemente aromada
con los rojos pimientos del otoño.
Ah, esa fragancia que medró desde el murmullo del molino,
o del estremecimiento de las aguas, de qué manera
punzó la carne. Y el corazón me latió como nunca.