Alrededor de los doce años comencé a fantasear con ser travesti, aunque sin saber que esa revuelta que ocurría en los campos de mi espíritu iba a llamarse de ese modo. Y como fui monaguillo antes que humana, con toda la fe de la que era capaz, cada noche recé a la Virgencita del Valle para que me despertara un día con la sorpresa de que me habían crecido las tetas. La Virgen no me escuchó así que de grande, cuando abrí el capullo y me revelé como flor de travesti, me hice tres pares de tetas de goma espuma. Las saqué de un colchón que era materia prima, oficina y cama donde descansar y las había hecho perfectas. Al colchón, por supuesto, lo había encontrado en la vereda. El engaño de las tetas funcionó por varios años. Les decía a los clientes que estaba recién operada y que no me las podían tocar. Solo verlas y tener fe en mi palabra. Pero luego, su hechizo comenzó a menguar. Un día vi mis pechos sobre la mesa y no les creí y nada fue lo mismo desde entonces entre ellos y yo. Tres señores pares de tetas, unas pequeñas para cuando jugaba a ser una chica paki de escote discreto, unas normales para ir a la universidad y las gigantes para salir a yirar. Una noche, una brisa de mal agüero tumbó una de las tetas sobre la estufa de cuarzo y casi morí asfixiada por el humo. Las tiré a la basura esa misma noche, una vez ventilado el cuartito de pensión, no vaya a ser cosa que al otro día los titulares gritaran en los kioscos de revistas: INVERTIDO MUERE ASFIXIADO POR EL SUEÑO DE TENER TETAS.