La primera sensación que vino a interrumpir mi sueño la pasada noche fue la de estar flotando, la de ser arrastrada rápidamente por alguna fuerza invisible a través de un espacio inmenso; después sentí que me bajaban con suavidad; y, a continuación, una luz, hasta que, de forma gradual, me encontré de pie bajo la claridad del mediodía y, ante mí, campo abierto. Montes y más montes hasta donde alcanzaba la vista; montañas con nieve en la cima y neblina rodeando los barrancos. Eso fue lo primero que vi con nitidez. Después bajé la vista al suelo y me percaté de que estaba rodeada de grandes masas de una materia gris que, al principio, me parecieron bloques de piedra con forma de leones; pero, al observarlos más detenidamente, comprobé con horror que estaban vivos. El pánico se adueñó de mí y traté de huir pero, al darme la vuelta, descubrí de pronto que aquellas formas aterradoras estaban por todas partes, y las caras de las que tenía más cerca me infundieron un espanto inefable, pues sus ojos, y algo en la expresión de su cara, aunque no en la forma, eran humanos. Me encontraba completamente sola en un mundo terrible poblado por leones monstruosos. Haciendo un esfuerzo por recobrar la serenidad, volví a alzar el vuelo, pero, mientras pasaba entre aquella afluencia de monstruos, me di cuenta de pronto de que no eran conscientes de mi presencia. Apoyé las manos incluso, al pasar, en la cabeza y la melena de unos cuantos, pero no dieron muestra alguna de verme o de notar que los habían tocado. Al cabo llegué a las puertas de un gran pabellón que no parecía construido por manos humanas, sino por la propia naturaleza. Las paredes eran sólidas, y, sin embargo, estaban formadas por una apretada hilera de árboles, a modo de columnas; y el techo lo formaba un denso follaje, a través del cual no se filtraba un solo rayo de luz del exterior. La luz que había era tenue y parecía surgir del suelo. Me encontraba sola en el centro del pabellón, contenta de haberme alejado de aquellas bestias horribles y de su implacable mirada.