Alcides Greca2. Día de audienciaEl vestíbulo, el patio, la salita y el zaguán rebosan de correligionarios. Algunos esperan turno en la vereda. La gente del tranvía suele preguntar:Antología• 4 minutos de lectura
Luis Gudiño Kramer4. SoledadEn puntas de pie, para no despertarlos, el hombre se acercó hasta sus hijos, les arregló las ropas y se quedó mirando esos rostros que el sueño embellecía. Después pasó a su dormitorio y, contemplando a su mujer sintió que una ola de ternura lo invadía, sacudía su sensibilidad, serenaba su espíritu. Puso su mano en la frente dormida y acarició los párpados que cerraba el sueño. Una sombra violeta circundaba los ojos tantas veces besados y el ritmo sereno de la respiración estremecía su seno cálido de madre. Volvió a la soledad poblada de imágenes, a su cono de luz, a su absorta ansiedad de comprensión y de belleza.Antología• 7 minutos de lectura
Luis Gudiño Kramer5. El orden de la rutaEl orden de la ruta, saliendo de Santa Fe, es el siguiente: Puente Colgante, Colastiné, San José del Rincón, Puente de Leyes, Santa Rosa, Vuelta del Dorado, del Saboyardo, Cayastá, Campo del Medio, Helvecia, El Laurel, Los Algarrobos, Saladero Cabal, Colonia Mascías, San Patricio, San Joaquín, La Elisa Vieja, Puerta de Mántaras, Naranja Dulce, Colonia Francesa y San Javier.Antología• 3 minutos de lectura
Lermo Balbi6. Las lluviosistasLas hermanas Verónica y Pina Polanta fueron las últimas lluviosistas que tuvo Corda en su larga historia. Luego de que ellas dejaron libre el oficio, nadie quiso intentar el trabajo, ya sea porque la actividad no es propia para el común de la gente (no todos tienen condiciones para hacer llover), ya sea porque el tiempo, al avanzar hacia épocas más modernas, se organizó mejor con sus elementos atmosféricos y los colonos aprendieron a depender de sus regímenes; ya sea porque las hermanas tuvieron sus serios desencantos después de haber dedicado la vida entera a contentar a la gente con sus lluviecitas, sus chaparrones y sus verdaderos diluvios, según fuera la necesidad general de la colonia. Este final quizá influyó en los que hubieran querido seguirlas en la ocupación, aunque su vasta fama fuera suficiente para tentar a cualquiera.Antología• 10 minutos de lectura
Carlos Eduardo Carranza7. HuakaloCuando estuvo hecho el desvío ferroviario don Parmenio Quiroga necesitó más brazos para la explotación de su obraje «Los Tucos». Entre una mesnada de correntinos y santiagueños, fuertes como los quebrachos de la selva, llegó Edisto Gutiérrez, un gigantón rubio de casi dos metros de estatura.Antología• 14 minutos de lectura
Leonardo Castellani9. La cabeza entre los liriosNada diríamos acerca de la misteriosa muerte del padre Metri, que la policía jamás llegó a develar y cuya mera discusión provoca todavía en el Norte santafesino violentas pasiones, de no haber llegado a nuestro poder por tres conductos diversos un conjunto de datos que, armándose y urdiéndose unos contra otros, edifican una conjetura probable, apta a dejar fuera de la infamia del doble y horrendo asesinato a uno de los principales sospechados de la zona, era hombre de matar a cualquiera frente a frente, aunque fuese un cura; y abrigaba profundo fastidio al ya anciano y fatigado Párroco de San Antonio de Obligado, no tanto por creerlo partidario del traidor Iturraspe, «Judas de los radicales», como se murmuraba sin verdad del viejo párroco, cuanto por las firmes filípicas que volcaba con endiablado brío desde el púlpito contra el andar sembrando hijos naturales, vicio chaqueño del que La Llana por desgracia supo dar extenso y longuirepercutiente ejemplo, para decirlo con los dos adjetivos del pintoresco franciscano. Pero matar a un hombre de frente es una cosa y matar a un viejito en esa forma de destroncarle la cabeza a filo de cuchillo, eso es otra cosa de las que no están en el ámbito de lo posible con don Florencio, el caudillo criollo.Antología• 20 minutos de lectura
Velmiro Ayala Gauna10. El cuarto cerradoLa muerte de Abraham Baidum se presentó rodeada de las circunstancias más desconcertantes. Vivía en una casita de material que constaba de dos piezas, una de las cuales la destinaba a su negocio de tienda y la otra a dormitorio. Esta última tenía una puerta que daba a la calle principal del pueblo y una ventana que se abría sobre otra lateral que conducía al río y allí fue encontrado, una tarde, por denuncia de una vecina que se extrañó no abriese, como de costumbre, con una feroz herida en el cuello por donde se había desangrado, pero, y he aquí lo raro del caso, la habitación tenía las puertas cerradas por dentro y la ventana, además de una poderosa reja, solo se entreabría unos diez centímetros por estar unidos los postigos por una cadena de seguridad. A través de esa pequeña abertura fue que don Frutos, Arzásola y Leiva pudieron distinguir el bulto del hombre en el lecho y como no respondiese a sus llamados tuvieron que unir sus fuerzas para hacer saltar la cerradura de la puerta y entrar a la estancia.Antología• 9 minutos de lectura
Diego Oxley11. La fugaApresuradamente salta de la canoa robada y se interna en la arboleda de la isla. La lancha de la Prefectura, cargada con gendarmes del destacamento de fronteras, acaba de aparecer en un recodo del río y no es cuestión de perder tiempo. Sabe que no tardarán los perseguidores en descubrir la embarcación y en encontrar su rastro, pero dentro de la maleza será otra cosa; ahí podrá, por lo menos, vender cara su libertad y su vida. Además, seis o siete hombres no podrán rodearlo y no cree que se arriesguen a seguirlo, porque saben que está armado y dispuesto a no entregarse. Zacarías Troncoso no se ha entregado nunca a esos perros y es hombre de no aflojar mientras le quede un resuello.Antología• 13 minutos de lectura
Abel Rodríguez12. Ojos que no miranBueno; ahora teníamos una canoa. Teníamos también este río Paraná, de corriente ligera; esas islas eternamente verdes y aquel cielo azul que se doblaba sobre la copa de los árboles. Embicar la quilla en la playa gredosa del Charigüé o en la de Castellanos, e internarse luego, tierra adentro, abriéndose paso entre las ramas retorcidas, es una emoción que penetra en el alma lenta y profundamente. Conocemos los riachos pequeños y tortuosos, que a veces salvamos de un brinco. Sabemos que más allá, casi en el centro de la isla, hay un brazo profundo en cuyo fondo se arrastra el pacú negro, hinchado de grasa y de barro, y que sus aguas llevan cardumes de amarillitos y sábalos para depositarlos en las anchas aguas del río; no nos son desconocidos, tampoco, los lugares donde penden los bolsones del camoatí y sabemos, además, extraer la miel sin correr mayores riesgos.Antología• 9 minutos de lectura
Juan José Saer13. Palo y huesoEsto fue contado en un pueblo de la costa. Estábamos de paso, sentados alrededor de una mesa en la vereda del hotel, y era el final del crepúsculo: era el verano pesado y lento, junto al río hinchándose para reventar en marzo y anegar el incesante y cambiante litoral desde Misiones hasta el Plata. Los dos de la ciudad, enloquecidos por los mosquitos, tomábamos vermouth, comiendo queso y salame, y el dueño del hotel que era también el dueño del cine y de la tienda más importante del pueblo, y el principal acopiador de pieles de la zona, que había invitado, un hombre muy alto de ojos saltones y húmedos, un gigantón algo flácido y crédulo de treinta y cinco años, habló largamente hasta que fue la noche y pasamos al comedor, y él se olvidó del asunto para dedicarse a hablar de la cosecha del arroz y del aumento de las mercaderías. Así que, mientras los mosquitos zumbaban, y todo el crepúsculo espeso y gradual zumbaba entre los árboles increíbles, entre la grave y cargada vegetación y la arena cambiante y pesada, y los gritos, quejidos y silencios prenocturnos, comenzados a oír poco a poco después de ese momento de la tarde inmóvil en que no hay luz, ni obscuridad, ni gritos, ni nada, ni se ve ni se oye nada, supimos cómo el viejo Arce compró en doscientos pesos a Rosita Rolón al propio padre de ella, Cándido Rolón, unos años atrás, en la vereda misma del hotel, llevándosela después para su casa. Supimos, asimismo, que el viejo Arce tenía en ese entonces sesenta y siete años, Rosita quince, y el menor de los hijos del viejo, Domingo, que era el último de los diez que había tenido el viejo con dos mujeres que se habían ido del pueblo o muerto, y era el único que quedaba con él en el rancho, tenía diecinueve años. Así que trasmitimos tanto lo escuchado como lo supuesto y lo dedicamos a Milton Roberts.Antología• 55 minutos de lectura