El escenario donde en época dramática de sequía los campesinos y gran parte de población urbana se volcaron hacia el inmenso estero a la caza de nutrias, está ubicado a sesenta leguas al norte de Santa Fe y a pocas del Paraná donde arroyos y zanjones forman islas fragorosas cubiertas de pajonales y arboledas, refugio de víboras y animales salvajes que fueron casi exterminados para apacentar en ellas vacunos y yeguarizos. Las tierras al oeste del río se poblaron con inmigrantes en 1870 y se conocen desde entonces con el nombre de Alejandra cuyos arroyos numerosos, Saladillo, El Toba, etc. y río San Javier, desbordan durante las crecientes y bañan gran parte de islas y tierras de pastoreo. Veintidós leguas cuadradas formaban la colonia y porciones labrantías fueron ocupadas por colonos que, llevando hasta esas regiones inhóspitas el cultivo de trigo y maíz, debieron conquistar con denodado esfuerzo y duros sacrificios, paraje a paraje, lo que fuera dominio del indio y región natural de una fauna estupenda cuyos representantes más característicos los constituían carpinchos, yacarés, nutrias, lobos de río, jaguares y víboras que cuando crecían las aguas formaban trenzas horribles sobre las lomas donde buscaban refugio.