Apresuradamente salta de la canoa robada y se interna en la arboleda de la isla. La lancha de la Prefectura, cargada con gendarmes del destacamento de fronteras, acaba de aparecer en un recodo del río y no es cuestión de perder tiempo. Sabe que no tardarán los perseguidores en descubrir la embarcación y en encontrar su rastro, pero dentro de la maleza será otra cosa; ahí podrá, por lo menos, vender cara su libertad y su vida. Además, seis o siete hombres no podrán rodearlo y no cree que se arriesguen a seguirlo, porque saben que está armado y dispuesto a no entregarse. Zacarías Troncoso no se ha entregado nunca a esos perros y es hombre de no aflojar mientras le quede un resuello.