La muerte de Abraham Baidum se presentó rodeada de las circunstancias más desconcertantes. Vivía en una casita de material que constaba de dos piezas, una de las cuales la destinaba a su negocio de tienda y la otra a dormitorio. Esta última tenía una puerta que daba a la calle principal del pueblo y una ventana que se abría sobre otra lateral que conducía al río y allí fue encontrado, una tarde, por denuncia de una vecina que se extrañó no abriese, como de costumbre, con una feroz herida en el cuello por donde se había desangrado, pero, y he aquí lo raro del caso, la habitación tenía las puertas cerradas por dentro y la ventana, además de una poderosa reja, solo se entreabría unos diez centímetros por estar unidos los postigos por una cadena de seguridad. A través de esa pequeña abertura fue que don Frutos, Arzásola y Leiva pudieron distinguir el bulto del hombre en el lecho y como no respondiese a sus llamados tuvieron que unir sus fuerzas para hacer saltar la cerradura de la puerta y entrar a la estancia.