Bueno; ahora teníamos una canoa. Teníamos también este río Paraná, de corriente ligera; esas islas eternamente verdes y aquel cielo azul que se doblaba sobre la copa de los árboles. Embicar la quilla en la playa gredosa del Charigüé o en la de Castellanos, e internarse luego, tierra adentro, abriéndose paso entre las ramas retorcidas, es una emoción que penetra en el alma lenta y profundamente. Conocemos los riachos pequeños y tortuosos, que a veces salvamos de un brinco. Sabemos que más allá, casi en el centro de la isla, hay un brazo profundo en cuyo fondo se arrastra el pacú negro, hinchado de grasa y de barro, y que sus aguas llevan cardumes de amarillitos y sábalos para depositarlos en las anchas aguas del río; no nos son desconocidos, tampoco, los lugares donde penden los bolsones del camoatí y sabemos, además, extraer la miel sin correr mayores riesgos.