Nada diríamos acerca de la misteriosa muerte del padre Metri, que la policía jamás llegó a develar y cuya mera discusión provoca todavía en el Norte santafesino violentas pasiones, de no haber llegado a nuestro poder por tres conductos diversos un conjunto de datos que, armándose y urdiéndose unos contra otros, edifican una conjetura probable, apta a dejar fuera de la infamia del doble y horrendo asesinato a uno de los principales sospechados de la zona, era hombre de matar a cualquiera frente a frente, aunque fuese un cura; y abrigaba profundo fastidio al ya anciano y fatigado Párroco de San Antonio de Obligado, no tanto por creerlo partidario del traidor Iturraspe, «Judas de los radicales», como se murmuraba sin verdad del viejo párroco, cuanto por las firmes filípicas que volcaba con endiablado brío desde el púlpito contra el andar sembrando hijos naturales, vicio chaqueño del que La Llana por desgracia supo dar extenso y longuirepercutiente ejemplo, para decirlo con los dos adjetivos del pintoresco franciscano. Pero matar a un hombre de frente es una cosa y matar a un viejito en esa forma de destroncarle la cabeza a filo de cuchillo, eso es otra cosa de las que no están en el ámbito de lo posible con don Florencio, el caudillo criollo.