Cada vez que Landa aparecía por el café —todas las tardes, por otra parte— y se ponía a jugar al casín con aquel maravilloso taco de ébano que había sido el único legado, además de las ropas, del inolvidable Corrales, Iriarte decía que ese era demasiado taco para tan poco hombre. Nadie sabía por qué, hacía ya tres años, había ido ese taco a parar a manos de Landa —un sujeto más bien bajo, panzón, con sangre de pescado, por quien nadie preguntaba jamás, indiferente a medio mundo—, pero desde hacía también tres años Iriarte repetía puntualmente aquello del taco y el hombre. Nadie lo escuchaba ya; lo que en un tiempo había causado asombro era ya una especie de sermón breve y apagado que Iriarte repetía sin sacarse el cigarrillo de los labios y mirando hacia el lugar donde había puesto los ojos, ni tan siquiera hacia la mesa donde Landa jugaba y transpiraba también puntualmente. Mingo solía aventurar, en nuestra rueda chica, que lo que sentía Iriarte era nada más que envidia por aquel famoso taco y cuando se le soltaba la lengua agregaba que aquello terminaría mal, mal para Landa, que bien parado llegaba apenas hasta el segundo botón de la camisa de Iriarte, empezando a contar de abajo, por supuesto.