Lydia Davis1. Propósitos para el año nuevoLe pregunto a mi amigo Bob cuáles son sus propósitos para el año nuevo y, encogiéndose de hombros (como queriendo decir que son los típicos o que no son nada del otro mundo), me responde que beber menos, perder unos kilitos… Luego me pregunta lo mismo a mí, pero aún no estoy preparada para responderle. Durante las vacaciones he vuelto a estudiar zen, por pura desesperación, aunque tampoco era una desesperación muy intensa. Da lo mismo una medalla que un tomate pocho, dice el libro que he estado leyendo. Tras pasar unos cuantos días dándole vueltas, creo que la respuesta más sincera a la pregunta de mi amigo Bob sería: Mi propósito para el año nuevo es aprender a verme a mí misma como si no fuera nada. ¿Estaré siendo competitiva? Bob queriendo perder unos kilos y yo queriendo aprender a verme como si no fuera nada… Ni que decir tiene que ser competitivo está fuera de lugar en cualquier filosofía budista. Una nada auténtica no es competitiva. Pero cuando lo digo no siento que esté siendo competitiva. En esos momentos me siento muy humilde, O por lo menos me parece estar siéndolo, aunque ¿puede alguien ser verdaderamente humilde desde el momento en que dice querer aprender a ser “nada”? Pero hay otro problema del cual llevo semanas queriéndole hablar a Bob: llega un momento, en la mitad de la vida, en que por fin eres lo bastante inteligente para darte cuenta de que todo es insignificante, de que ni siquiera el éxito significa nada. Sin embargo, para empezar, ¿cómo aprende una persona a verse a sí misma como si no fuera nada después de todo lo que le ha costado aprender a verse como si fuera algo? Vaya lío. Te pasas la primera mitad de la vida aprendiendo que, después de todo, eres algo, y ahora tienes que pasarte la segunda mitad aprendiendo a verte como si no fueras nada. Has sido una nada negativa y ahora lo que tienes que ser es una nada positiva. Ya me he puesto con ello, en estos primeros días del nuevo año, pero por ahora me resulta bastante difícil. Por las mañanas me acerco bastante a la nada, pero hacia el final de la tarde, esa parte de mí que es algo empieza a manifestarse. Esto sucede muchos días. Por las noches ya estoy rebosante de algo, un algo que suele ser desagradable y avasallador. Así que, llegado este punto, lo que pienso es que estoy siendo demasiado ambiciosa, y que tal vez «nada» sea mucho para empezar. Quizá de momento solo debería tratar de ser cada día un poquito menos de lo que normalmente soy. 3 minutos de lectura
Robert Louis Stevenson2. Apología del ocioBoswell: —Cuando no hacemos nada, nos aburrimos. Johnson: —Eso sucede, señor, porque como los demás están ocupados, nos falta compañía; si ninguno hiciera nada, no nos aburriríamos; nos divertiríamos los unos a los otros. 10 minutos de lectura
Alejandro Dolina3. MagiaEl Mago Rizzuto no conocía ningún truco. Su número era bien sencillo: golpeaba su galera con una varita azul, y luego esperaba que apareciera una paloma. 2 minutos de lectura Spotify
Roberto Fontanarrosa4. Los nombresPorque también la cosa está en los nombres, en cómo suenen, en las palabras, pero más, más en los nombres porque se puede estar transmitiendo agarrado al micrófono con las dos manos, casi pegado el fierro a la boca, y la camisa abierta, transpirada y abierta, los auriculares ciñendo las orejas y las sienes como un dolor de cabeza y ahí valen los nombres, tienen que venir de abajo, carraspeados, desde el fondo mismo del esternón, tienen que llegar como un jadeo, lastimarte, tienen que ser llenos, digamos macizos, nutridos, eso, nutridos. 4 minutos de lectura YouTube
Woody Allen5. Sí, ¿pero puede hacer esto la máquina a vapor?Estaba hojeando una revista mientras esperaba a que Joseph K., mi asistente, terminara su acostumbrada consulta de cincuenta minutos de todos los martes con un psicoterapeuta de Park Avenue (un veterinario junguiano que, por cincuenta dólares la sesión, se empeña en convencerle de que los mofletes no son una desventaja social), cuando, por casualidad, di con una frase a pie de página que atrajo mi atención tanto como la notificación de un cheque sin fondos. 6 minutos de lectura
Julio Cortázar6. Tía en dificultades¿Por qué tendremos una tía tan temerosa de caerse de espaldas? Hace años que la familia lucha para curarla de su obsesión, pero ha llegado la hora de confesar nuestro fracaso. Por más que hagamos, tía tiene miedo de caerse de espaldas; y su inocente manía nos afecta a todos, empezando por mi padre, que fraternalmente la acompaña a cualquier parte y va mirando el piso para que tía pueda caminar sin preocupaciones, mientras mi madre se esmera en barrer el patio varias veces al día, mis hermanas recogen las pelotas de tenis con que se divierten inocentemente en la terraza y mis primos borran toda huella imputable a los perros, gatos, tortugas y gallinas que proliferan en casa. Pero no sirve de nada, tía sólo se resuelve a cruzar las habitaciones después de un largo titubeo, interminables observaciones oculares y palabras destempladas a todo chico que ande por ahí en ese momento. Después se pone en marcha, apoyando primero un pie y moviéndolo como un boxeador en el cajón de resina, después el otro, trasladando el cuerpo en un desplazamiento que en nuestra infancia nos parecía majestuoso, y tardando varios minutos para ir de una puerta a otra. Es algo horrible. 3 minutos de lectura Spotify
Amparo Dávila7. Alta cocinaNacían en tiempo de lluvia, en las huertas. Escondidos entre las hojas, adheridos a los tallos, o entre la hierba húmeda. De allí los arrancaban para venderlos, y los vendían bien caros. A tres por cinco centavos regularmente y, cuando había muchos, a quince centavos la docena. En mi casa se compraban dos pesos cada semana, por ser el platillo obligado de los domingos y, con más frecuencia, si había invitados a comer. Con este guiso mi familia agasajaba a las visitas distinguidas o a las muy apreciadas. “No se pueden comer mejor preparados en ningún otro sitio”, solía decir mi madre, llena de orgullo, cuando elogiaban el platillo. 3 minutos de lectura
Jorge Luis Borges8. Prólogo a "Crónicas marcianas"En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos, beben zumo de aire o aire exprimido. A principios del siglo xvi, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra: las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos. En el siglo xvii, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer. Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay mil trescientos años y entre el segundo y el tercero, unos cien; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por un afán de verosimilitud. La razón es clara: para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible; para Kepler ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su Descubrimiento de Un mundo en la Luna, discurso tendiente a demostrar que puede haber otro Mundo habitable en aquel Planeta, con un apéndice titulado Discurso sobre la Posibilidad de una Travesía? En las Noches áticas de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba por el aire; Wilkins predice que un vehículo de mecanismo análogo o parecido nos llevará, algún día, a la Luna. 4 minutos de lectura
Ray Bradbury9. El verano del coheteUn minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros. 2 minutos de lectura
Stanisław Lem10. Cómo se salvó el mundoEn cierta ocasión, el constructor Trurl fabricó una máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con la letra ene. Cuando ya la tuvo lista, le ordenó, para probarla, que fabricara unas navajas, que las metiera en necesers de nácar y que las tirara en una nansa rodeada de neblina y llena de nenúfares, nécoras y nísperos. La máquina cumplió el encargo sin titubear, pero Trurl, todavía no del todo seguro de su funcionamiento, le dio la orden de fabricar sucesivamente nimbos, natillas, neutrones, néctares, narices, narigueras, ninfas y natrium. La máquina no supo hacer esto último y Trurl, muy disgustado, le exigió una explicación de ese fallo. 8 minutos de lectura
Angélica Gorodischer12. La morada del hombreEntramos en la ciudad a las 8.30 a.m. hora local. Debo decir a Su Señoría que los integrantes de la tripulación me transmitieron órdenes molestos, casi furiosos. Lo atribuí en ese momento y ahora que no estaba equivocado, a la quietud y al silencio. Era un día claro, el clima era benigno, y el sol, el viento y los salmonetes, nos hacían pensar en una primavera ya muy avanzada. Nuestras ropas pesadas nos molestaban, los bordes de cuero se nos incrustaban en la carne y todos, estoy seguro, hubiéramos querido llevar las sandalias que usamos a bordo y no las botas de los desembarcos. Las calles estaban bordeadas de árboles y había frutos en las ramas de los árboles, frutos verdes todavía, de un verde blanquecino o amarillento, fríos, que parecían dorarse y entibiairse ante nuestros ojos. En el informe oficial detalló el itinerario seguido. Estudiando el plano que se adjunta a dicho informe, encontrará Su Señoría, marcadas con rojo, las casas a las que entramos. Todas estaban vacías. Amuebladas, listas para ser habitadas, con flores en los jarrones, desayunos servidos en las mesas, cortinas flotantes, pero vacías. Todas estaban limpias y frescas, en todas estaban abiertos los vidrios de las ventanas sobre los jardines pero todas estaban vacías. Las calles también estaban vacías. He tratado de ser en el informe oficial lo más objetivo posible, informar sin tratar de que se traslucieran las experiencias anteriores. Pero aquí quisiera hacer dar a Su Señoría que esto era sólo Edén, un reflejo de lo que sentimos, los tripulantes y yo, ante las casas vacías; y después, ante sus habitantes. La nave dejó de ser, de pronto, una otra vez, como único recurso que tuvimos, sobre la desesperación de lo que vimos. Su Señoría perdonará las alteraciones tal vez inútiles. Al salir de la sexta casa (habíamos visto allí esteras, espejos, una mesa redonda, de madera, con un mantel amarillo, tazas blancas; un pájaro en una jaula, plantas recién regadas, todos extendidos sobre un patio) uno de mis hombres propuso que nos volviéramos. No pude considerarlo una falta de disciplina: puse la mano derecha sobre la culata del arma (descargada. Nunca he disparado contra nadie y no hubiera disparado contra él, pero estaba dispuesto a arrestarlo y dejarlo incomunicado en la nave), la dejé allí y seguimos caminando hacia el corazón de la ciudad. No sé en qué pensaban mis hombres; sentía miedo, pero no sé en qué pensaban. 10 minutos de lectura
Isaac Asimov14. La última preguntaLa última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta manera: 23 minutos de lectura