Clarice Lispector1. El primer besoMás que conversar, aquellos dos susurraban: hacía poco que el romance había empezado y andaban tontos, era el amor. Amor con lo que trae aparejado: celos.Curaduría• 4 minutos de lectura
Tununa Mercado2. AntierosComenzar por los cuartos. Barrer cuidadosamente con una escoba mojada el tapete (un balde con agua debe acompañar ese tránsito desde la recámara del fondo y por las otras recámaras hasta el final del pasillo). Recoger la basura una primera vez al terminar la primera recámara y así sucesivamente con las otras. Regresar a la primera recámara, la del fondo, y quitar el polvo de los muebles con una franela húmeda pero no mojada. Sacudir sábanas y cobijas y tender la cama.Curaduría• 12 minutos de lectura
Vlady Kociancich3. Ojos NegrosEs cierto que en los viajes se conoce gente. Pero no es menos cierto que esas relaciones, a veces muy intensas, pasan como un relámpago. Todo viajero sabe que una amistad nacida por azar en algún punto de su itinerario muere en el término del viaje. Cartas, llamados telefónicos y postales, solo demoran el inevitable silencio, finalmente el olvido. Nadie lo sabía mejor que mi prima Clara. Antes de cumplir treinta años se había convertido en una profesional de ausencias.Curaduría• 9 minutos de lectura
Samanta Schweblin4. IrmanOliver manejaba. Yo tenía tanta sed que empezaba a sentirme mareado. El parador que encontramos estaba vacío. Era un bar amplio, como todo en el campo, con las mesas llenas de migas y botellas, como si hubiera almorzado un batallón hace un momento y todavía no hubieran hecho tiempo a limpiar. Elegimos un lugar junto a la ventana, cerca de un ventilador encendido del que no llegaban noticias. Necesitaba tomar algo con urgencia, se lo dije a Oliver. El sacó un menú de otra mesa y leyó en voz alta las opciones que le parecieron interesantes. Un hombre apareció atrás de la cortina de plástico. Era muy petiso. Tenía un delantal atado a la cintura y un trapo rejilla oscuro de mugre le colgaba del brazo. Aunque parecía el mozo, se lo veía desorientado, como si alguien lo hubiese puesto ahí repentinamente y ahora él no supiera muy bien qué debía hacer. Caminó hasta nosotros. Saludamos; él asintió. Oliver pidió las bebidas y le hizo un chiste sobre el calor, pero no logró que el tipo abriera la boca. Me dio la sensación de que si elegíamos algo sencillo le hacíamos un favor, así que le pregunté si había algún plato del día, algo fresco y rápido, y él dijo que sí y se retiró, como si algo fresco y rápido fuese una opción del menú y no hubiese nada más que decir. Regresó a la cocina y vimos su cabeza aparecer y desaparecer en las ventanas que daban al mostrador. Miré a Oliver, sonreía; yo tenía demasiada sed para reírme. Pasó un rato, mucho más tiempo del que lleva elegir dos botellas frías de cualquier cosa y traerlas hasta la mesa, y al fin otra vez el hombre apareció. No traía nada, ni un vaso. Me sentí pésimo, pensé que si no tomaba algo ya mismo iba a volverme loco, ¿y qué le pasaba al tipo? ¿Cuál era la duda? Se paró junto a la mesa. Tenía gotas en la frente y aureolas en la remera, bajo las axilas. Hizo un gesto con la mano, confuso, como si fuera a dar alguna explicación, pero se interrumpió. Le pregunté qué pasaba, supongo que en un tono un poco violento. Entonces se volvió hacia la cocina, y después, esquivo, dijo:Curaduría• 13 minutos de lectura
Elena Garro5. La facturaMaría encontró la factura en el buzón. «Hay un error… ¡mil quinientos dólares de electricidad!… ¡Es una locura!», se dijo incrédula. Miró los muros sucios del pasillo y los botes grises con tapas naranja, que servían para tirar la basura. La escalera gastada la llevó hasta su estudio encastrado entre dos patios interiores. El rincón ocupado por la cocina se cubría de una humedad viscosa pues ella prefería no abrir la ventana por la que entraban arañas panzonas que hacían sus nidos en el patio «negro como la boca del infierno». «¿El infierno?», ya no había ni infierno ni cielo, ni recompensa, ni castigo, ni bien, ni mal, sólo había facturas urgentes que pagar.Curaduría• 9 minutos de lectura
María Luisa Bombal6. El ÁrbolEl pianista se sienta, tose por prejuicio y se concentra un instante. Las luces en racimo que alumbran la sala declinan lentamente hasta detenerse en un resplandor mortecino de brasa, al tiempo que una frase musical comienza a subir en el silencio, a desenvolverse, clara, estrecha y juiciosamente caprichosa.Curaduría• 18 minutos de lectura
Liliana Colanzi7. Un OjoA ella le cayó mal desde que él la dejara plantada a última hora para un trabajo de grupo durante el primer año de la universidad. Estoy enfermo, dijo él por teléfono con el tono de voz neutro de quien no reclama simpatía, y ella ofreció hacerse cargo del trabajo. Esa noche, mientras ella regresaba a casa en el auto de su madre —el trabajo hecho y cuidadosamente copiado en una flash memory—, lo vio caminando por la calle de un mercado junto a una chica goth, las manos en los bolsillos y la mirada fija en algún punto en la distancia. La chica le pareció un vampiro con zancos que movía agitadamente las manos mientras hablaba; él, en cambio, se limitaba a asentir, la cabeza un poco inclinada, avanzando hacia la oscuridad de la calle.Curaduría• 11 minutos de lectura
Pilar Quintana8. Una segunda oportunidadVolví en la última lancha. Donaldo llevó mi maletín hasta la cabaña, me besó y me puso delante unas copas. Había preparado ceviche de pescado. Siempre que vuelvo de viaje me pregunta si le sigo siendo fiel. Esta vez le dije que no.Curaduría• 6 minutos de lectura
Mariana Enríquez9. La casa de AdelaTodos los días pienso en Adela. Y si durante el día no aparece su recuerdo —las pecas, los dientes amarillos, el pelo rubio demasiado fino, el muñón en el hombro, sus botitas de gamuza— siempre regresa de noche, en sueños. Los sueños de Adela son todos distintos, pero nunca falta la lluvia ni faltamos mi hermano y yo, los dos parados frente a la casa abandonada, con nuestros pilotos amarillos, mirando a los policías en el jardín que hablan en voz baja con nuestros padres.Curaduría• 21 minutos de lectura
Rita Indiana10. Los Trajes (1975)La fragancia aquella vez era la misma que ahora, Paco Rabanne. Luigi la olió por primera vez en la casa de la Zona Universitaria en la que su mamá lavaba ropa dos veces por semana. Provenía del hamper de la ropa sucia, en la que impregnada en una camisa de don Emilio se confundía con el sicote y el grajo de los demás miembros de la familia. Don Emilio lo encontró dándole nariz a la camisa, arrodillado junto al lío de ropa y a las piernas de Filia, su madre, que sacaba chispas de jabón en un lavadero de granito a las piezas que Luigi debía irle pasando. ¿Te gusta cómo huele?, le preguntó don Emilio con una voz que transportaba el tufillo a alcantarilla que el Johnnie Walker diario deja en los estómagos de los hombres.Curaduría• 12 minutos de lectura
Fernanda Melchor11. Corazón de polloQuiero bajarme del tranvía, pero no me atrevo. Sé que ya estamos cerca porque comienzo a ver las barrancas llenas de piedras. Las casas del barrio de Adelfa parecen hechas de lodo y rocas. No hay vidrios en las ventanas ni tejas en los techos. Los perros que nos persiguen llevan los hocicos muy abiertos, repletos de dientes quebrados y churros de tierra.Curaduría• 5 minutos de lectura
María Fernanda Ampuero12. MonstruosNarcisa siempre decía hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos, pero nosotras no le creíamos porque en todas las películas de terror los que daban miedo eran los muertos, los regresados, los poseídos. A Mercedes la aterrorizaban los demonios y a mí los vampiros. Hablábamos de eso todo el tiempo. De posesiones satánicas y de hombres con colmillos que se alimentan de la sangre de las niñas. Papá y mamá nos compraban muñecas y cuentos de hadas y nosotras recreábamos El exorcista con las muñecas e imaginábamos que el príncipe azul era en realidad un vampiro que despertaba a Blancanieves para convertirla en no-muerta. Por el día todo bien, éramos valientes, pero por la noche le pedíamos a Narcisa que subiera a acompañarnos. A papá no le gustaba que Narcisa —la llamaba el servicio— durmiera en nuestro cuarto, pero era inevitable: le decíamos que si no venía bajaríamos nosotras a dormir a la habitación de el servicio. Eso, por ejemplo, le daba miedo a ella. Más que el demonio y los vampiros. Y entonces Narcisa, que tendría unos catorce años, fingiendo que protestaba, que no quería dormir con nosotras, decía eso de que hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos. Y nos parecía una estupidez porque cómo le puedes tener más miedo, por ejemplo, a Narcisa que a Reagan, la niña de El exorcista o a Don Pepe, el jardinero, que al vampiro de Salem o a Demian, el hijo del diablo, o a mi papá que al Hombre Lobo. Absurdo.Curaduría• 8 minutos de lectura
Inés Arredondo13. La SeñalEl sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.Curaduría• 6 minutos de lectura
Irina Ráfols14. Esperando en un CaféEl Café para esas horas se llenaba de gente. Lo esperaba con impaciencia, nerviosa, rozando el borde circular del vaso al que me aferraba, de un lado a otro, suave e insistentemente con un dedo. Los cuadros colgados por todos lados en las paredes me distraían de tanto en tanto, y soltaban para mí mensajes hacia la otra orilla, a la mía, a mi propia dimensión.Curaduría• 4 minutos de lectura
Alaíde Foppa15. SolsticioLa hoz liviana de la nueva luna apenas brilla en la tarde temprana. Desde el suelo verde, en reposo, miro el árbol que hacia ella tiende sus ramas y ya parece que la va a alcanzar.Curaduría• 1 minutos de lectura
Amparo Dávila16. Árboles PetrificadosEs de noche, estoy acostada y sola. Todo pesa sobre mí como un aire muerto; las cuatro paredes me caen encima como el silencio y la soledad que me aprisionan. Llueve. Escucho la lluvia cayendo lenta y los automóviles que pasan veloces. El silbato de un vigilante suena como un grito agónico.Curaduría• 8 minutos de lectura