La fragancia aquella vez era la misma que ahora, Paco Rabanne. Luigi la olió por primera vez en la casa de la Zona Universitaria en la que su mamá lavaba ropa dos veces por semana. Provenía del hamper de la ropa sucia, en la que impregnada en una camisa de don Emilio se confundía con el sicote y el grajo de los demás miembros de la familia. Don Emilio lo encontró dándole nariz a la camisa, arrodillado junto al lío de ropa y a las piernas de Filia, su madre, que sacaba chispas de jabón en un lavadero de granito a las piezas que Luigi debía irle pasando. ¿Te gusta cómo huele?, le preguntó don Emilio con una voz que transportaba el tufillo a alcantarilla que el Johnnie Walker diario deja en los estómagos de los hombres.