Liliana Bodoc1. El puente de arenaEl soldado fue tomado prisionero en los últimos días de la guerra. Y aguardaba su destino en un campamento enemigo situado muy cerca del mar. Ese mismo amanecer había escuchado los sonidos de una escaramuza lejana. Sin embargo, no alentaba esperanzas en su corazón. Nadie vendría a rescatarlo... Pertenecía al ejército derrotado, y sólo podía recordar muertos.Colaborativa• 4 minutos de lectura
Pablo de Santis2. Clase 63Un sábado de febrero de 1982 entré en la peluquería que estaba enfrente de mi casa. Los peluqueros eran dos: Alberto y Luigi. Alberto era argentino y cortaba muy bien. Luigi era italiano (había venido a Buenos Aires en 1946, meses después del fin de la guerra) y cortaba muy mal. Todos los clientes querían atenderse con Alberto. Yo prefería con Luigi, para no tener que esperar. Esa mañana pasé frente a los tres clientes que esperaban a Alberto y me senté en el sillón siempre vacío de Luigi:Colaborativa• 8 minutos de lectura
Jorge Luis Borges3. Juan López y John WardLes tocó en suerte una época extraña. El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.Colaborativa• 1 minutos de lectura YouTube
Eduardo Sacheri4. Dos mundiales y un país de fantasíaHoy ando con ganas de escribir una ficción, aunque no la tengo fácil. ay ocasiones en que las historias se te ocurren enteritas, de principio a fin, y el escritor lo único que tiene que hacer es dejarse llevar y poner en palabras las imágenes que le han surgido, encadenadas, dentro de sí. Pero otras veces pasa esto: uno tiene algunas imágenes, pero no todas. Entre ellas quedan huecos o mejor dicho, silencios. Eslabones vacíos. Y da mucho trabajo llenarlos. Encontrar el cemento que los aglutine, que les dé coherencia, cuerpo y entidad.Colaborativa• 11 minutos de lectura
Esteban Valentino5. No dejes que una bomba dañe el clavel de la bandejaCuando Emilio Careaga vio por primera vez a Mercedes Padierna pensó que algo no andaba bien, que un ser tan maravillosamente bello no debía andar por allí con toda esa forma de mujer arriba suyo con el solo propósito de hacerlo sufrir, de hacerle sentir que él era tan irremediablemente lejano a ella, que ella era tan absoludamente imposible para él.Colaborativa• 10 minutos de lectura
Juan Diego Incardona6. La GuerraMe acuerdo que llovía. No. Más bien garuaba. Corría 1982. En el colegio todo estaba embanderado. Nosotros, con escarapelas. Mi hermana María Laura había ganado en su salita una tortuga que se llamaba Argentina. En otra salita había una tortuga que se llamaba Malvina. En otra, Soledad. A todas las sortearon.Colaborativa• 4 minutos de lectura
Eduardo Sacheri8. Me van a tener que disculparMe van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.Colaborativa• 11 minutos de lectura
Inés Garland9. Las otras islasPara contar esta historia me gustaría volver a tener trece años, volver a esos días en los que no me interesaba la política ni la manera en que estaba dividido el mundo. Mi mundo era nuestra isla en el Delta, cada día de ese verano en el que conocí a Yagu, a Tatú y a Caroline (que, en inglés, se dice Carolain y con una erre distinta). En esos días, los ingleses eran solo Caroline y su papá, nuestros vecinos de la isla, no una nación que queda en otra isla muy lejana con reyes y primeros ministros, habitantes, soldados, y la idea, compartida por muchos, de que hay que apropiarse de partes del mundo que parecen no tener dueño.Yagu y Tatú llegaron a la isla un jueves de enero, en el medio de nuestras vacaciones de verano. Mis hermanos y el hijo del doctor se bañaban en el río, pero a mí se me habían puesto los labios azules y mamá me había obligado a salir del agua y acostarme al sol. Los perros corrieron ladrando al muelle de los ingleses -le decíamos así porque era el muelle de la casa de Caroline y su papá y yo dejé el calorcito de las maderas y me levanté para ver quién llegaba. La colectiva aminoró la marcha y empezó las maniobras de atraque. Yagu estaba en el techo buscando la valija entre las cajas para el almacén, las bolsas de naranjas que la colectiva llevaba al Tigre y la torre de hueveras de cartón llenas de huevos frescos para el papá de Caroline. Tatú apareció por la popa de la colectiva, subió al muelle y atajó la valija que le tiró Yagu desde el techo. Era una valija verde, grande, pero él ni se tambaleó. La atajó, la bajó y se agachó a acariciar a los perros y a hablarles como si hubiera llegado sólo para visitarlos a ellos.Colaborativa• 24 minutos de lectura
Martín Blasco10. Herido de sombrasLa imagen le llega por el rabillo del ojo. Juan levanta el arma. En la distancia hay una figura. Y no es uno de los suyos.Colaborativa• 5 minutos de lectura
Patricia Suárez11. La guerra de las MalvinasEn la televisión dan la noticia de que la Argentina entró en guerra contra Inglaterra. Los ingleses tomaron las Islas Malvinas, ellos las llaman Falklands. Nosotros en el colegio cantamos una canción acerca de que las islas son nuestras. La compuso un folklorista hace varios años, pero desde que empezaron los conflictos la cantamos todos los días cuando se iza la bandera.Colaborativa• 12 minutos de lectura
Laura Ávila12. La Maestra (1974)Los jueves llegaba el barco. Evina y su abuelo fueron hasta el pueblo a comprar algo de verdura fresca, un rollo de alambre y un abrigo nuevo. Evina ya tenía once años y todo le iba quedando chico.Colaborativa• 11 minutos de lectura