Un sábado de febrero de 1982 entré en la peluquería que estaba enfrente de mi casa. Los peluqueros eran dos: Alberto y Luigi. Alberto era argentino y cortaba muy bien. Luigi era italiano (había venido a Buenos Aires en 1946, meses después del fin de la guerra) y cortaba muy mal. Todos los clientes querían atenderse con Alberto. Yo prefería con Luigi, para no tener que esperar. Esa mañana pasé frente a los tres clientes que esperaban a Alberto y me senté en el sillón siempre vacío de Luigi: