Alejandro Dolina2. Los Reyes Magos, los Hombres Sensibles y los Refutadores de LeyendasLos Refutadores de Leyendas cumplen en esos días horarios especiales y desatan una intensa campaña. Naturalmente, tratan de esclarecer a los chicos acerca de la verdadera identidad de los Reyes Magos. 8 minutos de lectura YouTube
Rodolfo Fogwill3. Los pasajeros del tren de la nocheNadie conoce bien cómo se inició. La primera noticia se conoció un jueves, pero eso no demuestra nada: las cosas pudieron empezar días o semanas antes de aquel jueves de diciembre, cuando el mayorista de cigarrillos y el vendedor de diarios de la estación dijeron que volvían los soldados y que esa mañana de comienzos de verano, ellos mismos, juntos, habían visto con sus propios ojos a Diego Uriarte bajando del tren que lleva los tarros de los tambos y trae los diarios del día anterior y los paquetes con los pedidos de los comerciantes. 19 minutos de lectura
Irvine Welsh4. La causa del Granton StarFue un golpe duro para Boab Coyle, directo al corazón. Se quedó allí de pie, en la barra, sorprendido, mientras su compañero Kev Hyslop le explicaba su postura. 29 minutos de lectura
André Maurois5. La casaHace cinco años, estando yo muy enferma —dijo— tenía el mismo sueño todas las noches. Soñaba que caminaba por el campo y desde lejos podía ver una casa blanca, baja y larga, rodeada por una arboleda de tilos. A la izquierda de la casa, un prado bordeado de álamos rompía agradablemente la simetría del paisaje y las copas de estos árboles que podían verse tan solo a distancia, se agitaban por encima de los tilos. 4 minutos de lectura
Silvina Ocampo6. La sogaA Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca, colgada de un árbol, después un arnés para caballo, después una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamanos, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia adelante, la soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y retorcida, que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía: 4 minutos de lectura