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Creaciones de Navidad

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6. El Hijo del Carnicero

Había llegado la nieve al fin. El frio se colaba por mis huesos y escapa por mi boca. Los fríos vientos del norte derriban los males y acercan a las familias. Y hace falta, es necesario cuando la hambruna ataca. Los cultivos mueren y los graneros se vacían, poco a poco, pero constante. Los animales sufren también, caen por montones. Pero por suerte, y perdón por decirlo de este modo, las enfermedades también se alzan y pululan entre las calles. Desde el resfriado más leve hasta la tisis más fuerte debe ser tratada por nosotros: los médicos. En medio del desfile de sombras nocturnas los laudes, panderetas y flautas suenan anunciando nuestra llegada. Pasos firmes, máscaras extrañas y sombreros de copa de adornan a cada médico. Yo soy un doctor domiciliar, voy a las casas de los enfermos que ya no pueden moverse, que apenas pueden respirar, a los que la vida se les escapa en cada latido de su débil corazón. Al principio es difícil ver a los familiares llorar, maldecir y al enfermo morir; pero uno se termina acostumbrando. Esa Navidad me encargaron la casa del carnicero, ya que su pequeño hijo de 8 ha enfermado de una fuerte gripa, con calambres y malestar. Me dirigí a la casa, ya adornada para la festividad. Los cerdos estaban flacos y desgastados. Algunos dormían, pero estaba seguro de que había uno muerto. Toqué la puerta solamente. Pasados pocos minutos un hombre alto y fornido me abrió, tenía rumores de sangre seca manchando su delantal blanco. Llevaba una cornamenta puesta, parecía hecha de madera barata.

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