—¡No me hable del horror, señor Periodista! Esta puerta de pesada madera que nos separa y nuestras voces que cruzan el pequeño enrejado de hierro a la altura de la vista, es suficiente, me hacen sentir seguro. ¿Qué sabe usted del horror? ¿Acaso cree que el griterío del mundo allá afuera lo protege de la locura y de la paranoia? El miedo es el indigno fragmento de soledad en el penúltimo segundo de la lucidez. Es la idea de algo insospechado golpeándote el pecho rítmicamente y destellando en nuestras pupilas enrojecidas, a veces es el minuto incierto en que sorprendemos al insomnio, con los ojos abiertos, los dientes al desnudo, mirándonos de lado. ¡El horror! ¡El espanto! La sangre saltando nerviosa en sus verdosas tuberías y nuestros cabellos erizándose en respuesta al grito inesperado de una sola sombra. ¡No me hable del horror señor Periodista! Yo sé que pulgares terribles se deslizan por mi cuello en las mañanas y en un rincón de mi cuarto callan formas de espanto.