Aunque en julio era habitual que el termómetro marcara más de treinta y cinco grados, ese verano de 1937 estaba siendo particularmente severo. La región de los Grandes Lagos sufría una ola de calor sin precedentes. La gente vagaba atontada buscando la sombra de los galpones y edificios "parisinos" de Detroit, transpirando horrores y boqueando como peces recién capturados. Los únicos que encontraban algo de consuelo eran aquellos que habitaban en las afueras, en las proximidades del St Clair, lejos de los mares de cemento y de las torres de ladrillo. Justo donde dos niños de unos once años pasaban la tarde explorando los alrededores, indiferentes a las remeras pegoteadas, a los golpes de calor y al resoplar quejoso de los adultos.