—Mi padre —dijo míster Max— solía decir que una experiencia como la que yo estoy a punto de contar era capaz de despertar el interés de cualquiera sobre las materias mundanas. Como es lógico, él no trataba de que le creyeran, ni le importaba si le creían o no. Él mismo no creía en lo sobrenatural, pero el hecho sucedió, y él se propuso referirlo tan sencillamente como fuera posible. Hubiera sido estúpido en él decir que despertó su fe en los asuntos mundanos, ya que él era tan mundano como el que más. En verdad, la parte realmente terrorífica de ello fue la atmósfera horriblemente tangible en que tuvo lugar. Ninguno de sus perfiles fue indeciso en absoluto. De haber sido menos natural, se hubiera reparado menos en la criatura, en el ser, en el ente. Parecía vencer las leyes usuales sin ser inmune a ellas.