Una semana antes de una navidad, más o menos un año y medio antes de que mi padre muriera, estábamos pasando unos días buenos en la costa de Mar de Ajó, días como tal vez nunca habíamos pasado ni volvimos a pasar. Fue un domingo, mi madre se había quedado haciendo la comida y mi padre y yo, no muy amantes de la playa, nos fuimos a un bar a tomar el vermú. El sol rajaba la tierra y, por supuesto, todos los demás se habían ido al mar. Solos, acodados en el mostrador, que era como más nos gustaba estar, íbamos por el tercero o cuarto Gancia con fernet cuando mi padre se acordó de mi promesa de amasar. Yo me había olvidado.