Una colina había, y sobre la colina, llanísima, una era
de campo, a la que verde hacían de grama sus hierbas.
De sombra el lugar carecía; parte en la cual, después que se sentara,
el vate nacido de los dioses, y de que sus hilos sonantes puso en movimiento,
sombra al lugar llegó: no faltó de Caón el árbol,
no bosque de las Helíades, no de frondas altas la encina,
ni tilos mullidos, ni haya e innúbil láurea,
y avellanos frágiles y fresno útil para las astas,
y sin nudo el abeto, y curvada de bellotas la encina
y el plátano natalicio, y el arce de colores desigual,
y, los que honráis las corrientes, juntos los sauces y el acuático loto,
y perpetuamente vigoroso el boj y los tenues tamariscos,
y bicolor el mirto, y de sus bayas azul la higuera.
Vosotras también, de flexible pie las hiedras, vinisteis y, a una,
las pampíneas vides, y vestidos de esa vid los olmos,
y los fresnos y las píceas, y de su fruto rojeciente cargado
el madroño, y dúctiles, del vencedor los premios, las palmas,
y recogido su pelo y de erizada coronilla el pino,
grato de los dioses a la madre, si realmente el Cibeleio Atis
se despojó en ella de su ser humano y de endurecerse hubo en aquel tronco.