Míster Bond trepó por las laderas boscosas del valle hasta la plena luz del día. Su capa Inverness, que hacía su corpulenta figura aún más prominente en la sombra que se extendía, a su espalda, sobre el suelo sembrado de hojas, estaba rota y cubierta de ramitas, púas y hojitas, y se paró con afectada inquietud para limpiarse. Después, se echó de nuevo el morral a la espalda y, mirando hacia adelante, guiñó los ojos al contemplar el terreno que se extendía ante él.