A los cincuenta y ocho años, Jared Sloane poseía las ordenadas costumbres de un solterón empedernido. A las siete en punto de la tarde en verano y a las seis en invierno, apagaba las luces, cerraba la puerta con llave y regresaba a sus habitaciones particulares. Se duchaba, se afeitaba y se ponía una ropa menos ceremoniosa que la que le exigía su profesión. Luego, se hacía la cena y fregaba.