Cuando pienso en las semejanzas y contrastes que hacen una la vida mexicana, no es lo típico de México —típico para miradas extranjeras— lo que viene a mi imaginación. Queda entonces en la sombra nuestra masa indígena en bruto, desnuda, miserable, taciturna, y cuanto de ella se deriva y se traduce —aquí entre nosotros, americanos del siglo XX— en colores, escenas y paisajes del Asia Menor anterior a Cristo. Tampoco vuelvo entonces la vista hacia el otro aspecto, elocuente en nuestras grandes ciudades: espectáculo de hermosos edificios contemporáneos, grandes empresas, máquinas de la última hora y, en fin, todo cuanto nuestros ingenuos snobs querrían poner siempre ante la cámara fotográfica de los turistas, en vez de lo que a éstos más atrae: nuestros charros cubiertos con enormes y picudos sombreros de palma o de fieltro; nuestros hombres embozados en mantas multicolores; nuestros niños color de tierra, con desnudos vientrecillos combos y lustrosos; nuestros tianguis y campamentos eternamente improvisados, donde la inmundicia y los manjares se confunden…