Estaba de pie, descalzo entre el polvo, el calor y los hedores del puerto,
bajo el deteriorado toldo de un café donde unos cuantos clientes se habían desplomado en las sillas con la vana esperanza de protegerse del sol. Los pantalones, viejos y rojizos, apenas le llegaban a los tobillos y el huesecillo puntiagudo, la arista del talón, las plantas largas y llenas de
callosidades y escoriaduras, los dedos flexibles y táctiles, pertenecían a
esa raza de pies inteligentes, acostumbrados al contacto del aire y del sol
endurecidos por las asperezas de las piedras, que aún conservan en los
países mediterráneos algo de la libre soltura del hombre desnudo en el
hombre vestido. Pies ágiles, tan diferentes de los torpes soportes
encerrados en los zapatos del norte… El azul desvaído de su camisa
armonizaba con las tonalidades del cielo desteñido por la luz del verano;
sus hombros y omoplatos se vislumbraban por los rotos de la tela como
descarnadas rocas; tenía las orejas un poco alargadas y encuadraban
oblicuamente su rostro a la manera de las asas de un ánfora; incontestables rastros de belleza veíanse todavía en su rostro macilento y ausente, como el aflorar, en un terreno ingrato, de una antigua estatua rota. Sus ojos de animal enfermo se escondían sin desconfianza tras unas pestañas tan largas como las que orlan los párpados de las mulas; llevaba la mano derecha continuamente tendida, con el ademán obstinado e importuno de los ídolos arcaicos que hay en los museos y que parecen reclamar a los visitantes la limosna de su admiración, y unos balidos desarticulados se escapaban de su boca abierta de par en par, que dejaba ver unos dientes espléndidos.