Antes de que el agente de bienes raíces tuviera tiempo de parpadear, se encontró con que había alquilado la casa a la señora Brown. Ésta la aceptó, sin verla, y firmó un contrato de arrendamiento por diez años. Mientras regresaba al cuarto sótano en el que ella y su marido vivían en aquellos momentos, la mujer depositó una libra en el sombrero de un artista que pintaba en la acera. Para la señora Brown, aquella libra marcaba el final de un año de esfuerzos por ocultar su furiosa desesperación tras una fachada de despreocupada y casi aristocrática serenidad. Ahora, al fin, había encontrado un hogar.