Entrañable e inseparable de nuestro universo infantil, el juntar figuritas es una experiencia única, fundadora: con ellas se aprenden los números antes que en la primaria, se reconocen los mecanismos de funcionamiento del mundo —la lógica de la oferta y la demanda, la interdependencia del trueque, la compulsión del consumo— se saborea el vértigo del riesgo en el juego, se envidia y se aprende la jactancia, el orgullo de llenar un álbum, de conseguir «la única que me falta». Se acostumbra a perder, también.