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15 obras

1. Arraigar en Buenos Aires

Voy a cambiar de vida. Mejor dicho, voy a arraigarme en Buenos Aires; a plantarme en la yema del país; en el centro centro del vivir. Porque mejor que Buenos Aires no existe en la Argentina. Ni ensueño ni quimera que la iguale. Por ahí debí comenzar aquélla vez. Pero el tiempo malogrado ya no importa. ¡Allá voy, Capital! ¡Si te habré mirado en "Gente" y "Siete días"! ¡Si te conoceré, reina! ¡Adelante, ómnibus! ¡Ponélo en quinta chofer! ¡Más rápido! ¡Más rápido! ¡Dios mío, si habrá canillas que arreglar en Buenos Aires! Con el arte y el oficio que tengo amasijados en mis manos y mis entrañas puedo ajustar y desembollar el grifo más portentoso del mundo. Hasta hacerle moñitos en las curvas para que sonría cuando lo abran. Y justo eso voy a encontrar en Capital. Trece millones de habitantes, trece millones de canillas. ¡Qué pedazo de ciudad! ¡Ahí sí voy a tener sentido! Ahí sí voy a poder superar esa desesperanza que me pesa desde mi pueblo, San Javier, allá donde el tío Santiago me habilitaba con su almacén si aceptaba casarme con su hija Lucía. Por eso durante un tiempo aguanté: bolsas, paquetes, botellas, viejas cargosas. Hasta que me cansé. Porque en el fondo, el almacén no me llenaba. La vida no puede realizarse en un almacén. Y aunque Lucía me gustaba, me tiraba más hacer otra cosa; algo maravilloso. Radicarme, por ejemplo, en un lugar importante, donde vos sentís que respirás de verdad; y que sos alguien. Y en San Javier no pasaba nada. Por eso dejé de lado el orgullo de la secundaria, aprendí el oficio de plomero, y me las tomé para San Justo. "¡Mirá que el río es lindo! ¡Que las islas son hermosas! ¡Que la gente es buena!". Pero se vive con algo grande; no con un río, islas, o gente buena. ¡Se vive con algo grande! ¡Qué mierda podés hacer con tu vida en San Javier! ¿Sabés, en cambio, lo que debe ser arraigarse en Buenos Aires?

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8. Espéreme Santos Vega

Pasaron ya las guerras de la independencia. Pasó también ese tiempo en que con Vega comenzamos a sentir aflicción por los sordos reclamos de una incógnita misión que cumplir. Misión cuyo sentido final no lográbamos descifrar. Quizás el soplo del inmolado Dorrego sacudiéndonos, demandando cuentas por el luctuoso horizonte de la tierra desangrada. Quizás los desencuentros más cercanos de este nuestro siglo XX que se termina, que tanta sangre costaron, y tantas cicatrices dejaron. Vega templando su guitarra y mirándome, preguntándome, preguntándonos por esa angustia desconocida que punzaba en nuestros corazones. Y sin embargo, pese a las dudas, usted siempre cantando Vega, sin desmayo, consolando las tristezas de la gente. Yo acompañándolo, velando sus pertenencias. Por eso, aún colgado del pasamanos del ómnibus, no olvido. Me enclaustro en la oficina, lámpara quemándome las pestañas, o vuelvo a casa y me zambullo en la tele (¡Nos zambullimos, Vega, usted y yo!) tratando de no recordar. Pero igual sigue hormigueando esa comezón antigua, y me pregunto si será sólo resabio de aquello que palpitábamos entonces, o algo nuevo producto del dióxido de los autos, y de los bocinazos y reglamentos y horarios, y apretujones y pisotones, y de las pregonadas hamburguesas que despacito te van agujereando el estómago con esa engañosa grasa que esconden. No como la de aquel churrasco que saboreamos ese último atardecer. ¡Porque fue el último! ¿Se acuerda Vega? ¡El último! Usted –chiripá roto, botas gastadas–, en esa estancia de Magdalena, caracoleando con el rosillo (porque el overo se había mancado en las vizcacheras), esperando que él llegara. La paisanada mirándolo con orgullo y esperanza, Vega, en gozo anticipado porque usted iba a sacudir al sotreta de la barba en punta; nadie lo dudaba. Por eso será, supongo, que a veces me dan ganas de tirar todo –horarios, papeles, reglamentos, organigramas– y salir respirando fuerte a matar rusos, o norteamericanos, o chinos; o romper de una patada esa mierda de la publicidad; o entrar a la cancha y de una única patada hacer ese gol de arco a arco (eternamente soñado); o tirarme (tirarnos Vega) al río acogedor, abandonándonos a la corriente, y nadar siglos, vidas, entre riachos, islas, sábalos y surubíes, gozando la belleza mansa de garzas, chajases y cardenales, echarnos después sobre el pasto del albardón, palmas rozando la tierra negra, la sangre calmándose, y entonces matear y charlar Vega. Charlar de tantas cosas que nos angustian, ¿no?, porque, ¿sabe?, hace unos días sentí (¡sentimos, Vega!) que ya no aguanto más este agobio de la nada en que vivimos, flotando sin dirección. Que tengo (tenemos) que hacer algo. ¡Como antes!; así sea a los ponchazos, así sea a medias, pero hacer algo, ¡algo!. Porque, ¿se acuerda cuando fundábamos la patria? ¡La puta! ¡Fundar la patria! Si hasta Lavalle con sus locuras hacía patria. Y ahora andamos como perdidos, sin rumbo, cuerpeándole a las esperanzas. Cuarenta años vividos y no he hecho nada, Vega. ¡Nada! Salvo aportes para la jubilación. ¿Se da cuenta? ¡Años calentando sillas como si no fuera capaz de más! Repitiéndome día a día. Repitiéndonos como si no hubiéramos nacido para algo más señalado. Como si ya no fuéramos capaces de fabricar sueños, mundos, respiraciones. Como si la vida se agotara ahí nomás, escuálido horizonte de un sillón; horizonte de papeles y planillas que no son la realidad. ¡Que sólo parecen la realidad! No como aquel día en que peleamos con el mismísimo mandinga, Vega, allá en la estancia de Magdalena. ¡Y perdimos!; es cierto; perdimos. ¡Pero lo hicimos, carajo!. ¡Lo hicimos! Ahora tengo ganas de mandar todo a la mierda. Pero es sólo eso, Vega. Ganas. Ganas que se pierden, se diluyen, se van (¿o sólo hacen como que se van?). No sé. Viene el ómnibus, compadre. Me voy, los pies apenas en la punta del estribo, sufriendo los traqueteos de este pavimento y de esta tierra donde vamos tirando; que de lejos semeja un billar, pero subís al micro y comprendés: el pozo más chico le da ventaja de un cuerpo al río de la Plata, y aún así le gana. Sí, lo sé Vega. Hay que seguir igual. Seguir. Como desde el comienzo. Como aquella vez en el Rincón de López, de los López Osornio, los de don Juan Manuel. ¿Se acuerda? Tal vez si le doy el asiento a esa viejita me sienta mejor. Pero no sé. Será el calor, la humedad, la baja presión, pero haría falta un millón de viejitas que atender, un millón de asientos que ceder, para sentirme realmente mejor. Para sentirme bien, bien como entonces, Vega; como aquella vez. Parece mentira recordarlo, pero todo terminó esa vez, ahí. ¡Tan bien que nos sentíamos! Y no fuimos capaces de presentirlo: todo estaba terminando. Usted, sabio acariciador de cuerdas, sentado en la raíz del ombú, modulando un triste que conmovió hasta a las piedras. Y sin embargo no alcanzó Vega. ¡No alcanzó! ¡El fue mejor! Pero, ¿quién le dice que otra vez, ¡ahora!, no podamos? ¿Con guitarra eléctrica Vega? No importa. No es el instrumento sino las ganas la cuestión. ¿Habrá sido la llorada sangre de Dorrego lo que nos tiró tan abajo aquella vez? Pero eso sólo fue un bache. Como éstos del pavimento, que mortifican pero no matan. Lo que importa es seguir andando; repechar como si nada pasara. Caminar igual, buscando; siempre buscando algo mejor. Quizás desde allá arriba usted pueda echarme un pial y así volver yo a velar; como antes, igual. Por las dudas compadre: apronte el parejero, el overo. Quien le dice que al final la comezón no termine llenándonos otra vez de anhelos, y de nuevo salgamos por la pampa de la vida, y otra vez fundemos pueblos, montes, pastos, ríos, ilusiones, respiraciones. Rompo la tele de una patada, Vega, y lo invito. Salgamos. ¡No importa qué mierda fundemos! ¡Pero salgamos! ¡Trote o galope, no importa! ¡Siento ganas Vega! ¡Ganas! Suelte las riendas compadre. ¡Lo sigo!

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10. Iniciación

No sé si fue entonces, ayer; o después, hoy. Hoy echando la última palada sobre su tumba. Pero algún día tenía que ser (porque algún día tenía yo que comprender), como algún día lo hará mi hijo conmigo (porque algún día mi hijo comprenderá). Inapelable destino que no podemos torcer. Y al final uno se pregunta si todo es sólo eso: nacer y un secreto día dejar de respirar. Y sin embargo no puede ser así. Vivir no puede ser eso solamente. Casi no tendría sentido desvelarse tanto por tan poco. Hacer un mundo sólo para pasar. La pucha carajo; si hasta el nudo de la corbata, que es una pavada comparada con el universo, uno se la hace con una finalidad, ¿cómo entonces Dios, los dioses, o como se llame lo que está allá arriba (o abajo, que al fin es lo mismo), se va a esforzar en construir, pieza por pieza algo tan perfecto, sólo para que transcurra nomás?. Por eso, en este momento en que su cuerpo desciende para disolverse en tierra. O antes, cuando yerto lo contemplé en la penumbra funeraria. O mucho antes, cuando marchito en su lecho, consumido entero por la enfermedad, el dolor royéndolo sin conmiseración, él, pese al sufrimiento, pedía disculpas —por dios, ¡disculpas! — por las molestias que nos causaba, porque así era de humilde mi padre, llagadas sus carnes por meses de postración en cama, pidiendo disculpas por las molestias que ocasionaba su interminable agonizar. O mucho antes tal vez. Tal vez cuando, incrédulos, supimos cuán poco nos restaba junto a él. Y entonces, en la fusión del ayer y del hoy comprendí (o recordé; recordé aquel día de Cayastá y lo supe) que no existíamos solamente para pasar. Que de una u otra forma éramos corredores de posta de la vida. Y que acaso muchos tuvieran esa única misión —traspasar la señal de mano en mano— para que de vez en cuando otro, un elegido, produjera algo inestimable que justificara no solamente esa vida sino todas las vidas. Y eso era lo que importaba: mantener la guardia de la posta. Y eso es lo que recordé (estoy recordando, ahora) en este tiempo de la última palada. Porque también él colocó un día la señal entre mis manos, aunque en ese instante no alcancé a comprenderlo con toda claridad. Sólo después, los días fundiéndose, logré asir aquella plenitud. También la riqueza de la forma en que se dio. Por eso ahora mi memoria recupera, lúcida, aquel momento impar; solos vos y yo, allá, papá. Ahora que nos despedimos para siempre, en este turno mío de pasar la posta a otro.

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13. Radio Galena llamando al Purgatorio

Miro la foto y recuerdo. Recuerdo su gesto quieto parodiando defectos y debilidades propias. También las del general Cadorna. Cadorna. ¡Once batallas libradas, once perdidas! ¡Y aún después Caporetto! Cuarto de millón de cadáveres; glutinoso río de sangre jamás antes visto en la llanura venetana. ¡Once batallas, y aún después Caporetto! Sí. Sólo de eso reía Luigi. De sí y del general Cadorna. Modulaba Cadorna en falsete, alargando superflua la era. Radiante; regocijado. Quizás porque éste era general y aristócrata, y él sólo un desheredado campesino, hijo de campesinos, incalculables abuelos y chosnabuelos campesinos, hincados en la hermética miseria de la estratificada gleba italiana. Pese a reír no olvidaba el tembloroso heroísmo de los soldados de Cadorna, que desde los Alpes Cárnicos hasta el Piave huyeron, abatidos y avergonzados. Pero traspuesto apenas el río, humedecida el alma humillada, alguien -¿con vergüenza, con rabia, con memoria? (¿Cadorna?, ¿un ignorado sargento?, ¿Italia toda que los miraba?)-, gritó: -"¡No pasarán!"-. Y los austríacos no pasaron. Resistieron esta vez los vencidos. Meses resistieron desangrándose lentos en las nevadas colinas. Espantados resistieron sospechando que en cualquier amanecer los austríacos los rebasaban, ignorándolos, y no detenían su avance hasta Roma. Once, doce veces vencido, Cadorna y sus soldados resistieron esta vez sobre la venetana tierra de Luigi. Sobre la tierra de mi amigo Luigi Marcón, ciudadano de Oné di Fonte, provincia de Treviso, región del Véneto, reino de Italia, invierno de 1917.

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