Recuerdo bien esa noche. El teatro rebosando de vida, la multitud enaltecida, los reflectores sin polillas que apuntaban a un escenario vacío, solo ocupado por palabras que venían desde atrás de un telón. ¿La comida? intachable, ¿la acústica? magnífica, ¿el espectáculo? magnánimamente fabuloso. No por la orquesta, ni por el teatro que presumía su elegancia desde las butacas hasta la tarima, sino por el hombre que había ido a ver en esa ocasión. El mejor violinista del mundo, lo hacían llamar, pero qué va… Me preguntaba si en verdad sería tan bueno como se decía. Debía ajustar mis expectativas ya que sobre ese escenario ¿qué más podría aparecer? ¿Un actor? ¿Un director? ¿O un músico como todos los demás? Me equivocaba al pensar que todo lo que puede manifestarse en un escenario no deja mucho a la imaginación.