Indudablemente, Erneston Grant era un detective de primerísima clase; pero como viajero por los atajos de Devonshire, con sólo un mapa y una brújula para ayudarse, era un verdadero fracaso. Hasta su gordinflón perrillo blanco, Flip, guarecido bajo un par de alfombras, tras dos horas de frío, de lluvia y de un viaje sin propósito determinado, le miraba reprobadoramente. Lanzando una exclamación muy parecida a un grito de desesperación, Grant condujo su quejumbroso automóvil hasta la cima de una de esas endiabladas colinas que ni un Ford subiría en su primera salida. Allí se paró y miró en torno suyo.