Ocurrió por primera vez un domingo a la caída del sol. Había salido a caminar por las calles del barrio, como lo hacía siempre esos días al atardecer, después de leer los diarios de Buenos Aires que compraba antes del almuerzo. Como de costumbre, meditaba acerca de algún artículo aparecido en las páginas literarias o sobre el comentario de tal o cual libro que no se decidiría a adquirir, aduciendo que últimamente los libros estaban demasiado caros.