A pesar de no ser nuevos para mí los viajes por mar, nunca he conseguido acostumbrarme al balanceo ni al cabeceo de los barcos, especialmente por las noches. Por tal razón, normalmente duermo muy poco cuando cruzo el Atlántico, siendo incapaz de cerrar los ojos hasta que he alcanzado un estado de extenuación tal que ya no me es posible conservarlos abiertos. Desde que los negocios me obligan a realizar viajes a Norteamérica, mi esposa me recomienda que, de cuando en cuando, viaje en avión; pero me temo que sea demasiado cobarde para aceptar tal medio de transporte. El balanceo de un barco me produce mareo y trastornos cerebrales; pero el solo pensamiento de viajar por los aires me produce verdadero pánico. Así, pues, un viaje por mar es, de dos males, el menor; por consiguiente, después de tantos años, me enfrento con mi insomnio con la calma de una vieja resignación.