Aunque me condenaron por el asesinato del presidente Bowlby Bunce, es cierto que lo maté. Ya no recuerdo por qué: me atrevería a decir que había algo de ese hombre que no me gustaba. Eso no es importante. Sin embargo, me parece que el público que tan atentamente ha leído esas entrevistas que jamás concedí y ha contemplado las fotografías mandadas por mis amigos personales merece saber por qué aquí, en el corredor de la muerte, he hecho un nuevo testamento en el que cedo toda mi fortuna al departamento de ficción de la biblioteca pública. (Antes de iniciar esa explicación, sin embargo, quiero manifestar que, si bien no me molestaría haber nacido en cualquiera de las otras casas fotografiadas en distintos periódicos, debo repudiar, por hacer justicia a mis padres, el iglú que apareció en el Examiner del miércoles).