El petirrojo ganó la partida. Luego se fue a cantar victoria con escueto piar, invisible en lo más frondoso del castaño. No se había amilanado ante la gata. Se había quedado suspendido en el aire, un poco por encima de ella, vibrando como una abeja, al tiempo que le lanzaba, en breves ráfagas, parrafadas inteligibles para quienes estén al tanto de la petulante conducta del petirrojo y de su coraje: «¡Insensata! ¡Tiembla! ¡Soy el petirrojo! ¡El petirrojo en carne y hueso! ¡Un paso más, un ademán hacia el nido donde está incubando mi compañera y, con este pico que ves, te saco los ojos!». Yo permanecía atenta, lista para intervenir, pero la gata sabe que los petirrojos son sagrados; sabe también —ella que tantas cosas sabe…— que un gato se arriesga a quedar en ridículo si tolera el ataque de un pájaro. Azotó el aire con el rabo, como un león, se le estremeció el espinazo, pero capituló ante la airada avecilla y seguimos ambas nuestro paseo vespertino. Paseo lento, grato, fructífero; la gata descubre y yo me instruyo. A decir verdad, hace como que descubre. Clava la mirada en un punto del vacío, se queda quieta y alerta ante lo invisible, la sobresalta un ruido que yo no percibo. Y entonces me toca a mí, e intento inventar lo que la mantiene tan atenta.