Observaba con admiración a los chicos que jugaban al fútbol. Yo me pedía la misma camiseta que ellos usaban y llevaba una pelota entre las manos, preparada para entrar en acción en cualquier momento. Sentada en uno de los antiguos bancos del club pegados a la línea del lateral, los veía como jugadores profesionales, tenían 6 años y para mí, que andaba por los 3, eran muy mayores. Pero no me importaba, tres veces por semana me colaba para entrenarme con ellos, hasta que venía mi mamá a sacarme de la cancha y llevarme a gimnasia artística con mi hermana mayor. Yo rogaba: —¡Un lateral más ma! ¡Un córner más!