El Rey Daniel fue el único profesor de vuvuzela de mi vida y puedo asegurar que no me arrepiento de no haber tenido ninguno más. Lo conocí a las seis de la tarde del 3 de marzo de 1974, mientras los pulmones me reventaban de voluntad por soltar aires y el corazón me ardía de indignación. Lo de los pulmones era lógico porque yo estaba en el nudo de mi adolescencia y respiraba cada cosa que ofrecía la realidad. Lo de la indignación me empezaba en los oídos: un día antes, Carlos Reutemann había ganado el Gran Premio de Sudáfrica, en la Fórmula 1, y un comentarista argentino e impune había proclamado que en esa tierra florecían el orden y la civilización. Por aquella época, yo no era experto en nada y no imaginaba que, treinta y seis años después, en el país del triunfo de Reutemann habría un Mundial de fútbol con vuvuzelas ululando en cada pelotazo. Lo que sabía era que en Sudáfrica a la gente la arrasaban por ser pobre y por ser negra.