El encuentro se encaminaba hacia un 0 a 0 inevitable, cuando el árbitro hizo sonar el silbato señalando el punto del penal. Oscar Marchese sintió entonces que el recuerdo de esa mañana se le clavaba en el estómago como una puñalada. Sentado a la mesa del comedor del hotel, en la concentración, mientras miraba el diario esperando que le sirvieran el desayuno, no había podido resistir la tentación de leer el horóscopo. Sabía que no tenía que hacerlo, por algo los días de partido eran los únicos en los que evitaba prestarle atención a lo que su signo le deparaba. Pero ese domingo, sin entender el porqué, la curiosidad había sido más fuerte que otras veces, y entonces leyó: