—Esta historia que viene es un poco espantosa, tengo que reconocer. No es como las otras. Según mi abuela me contó, ahí en Monserrat, había una negra joven y linda. Le había echado el ojo un negro fortachón, alto, delgado, guapo pa’l trabajo. Lindo tipo de hombre. Los dos se gustaron y ya se hablaba de casorio. Pero qué pasó. A la negrita la envidiaba una mulata, media fiera y bastante bruja, que también gustaba del Pedro. Pero a ella él ni la miraba, porque su negra tenía mucho de todo y la otra poco de cualquier cosa.
—No entiendo.
—No importa. Cuando seas grande ya vas a entender. La cuestión es que la mulata juró venganza. “Me robó el macho”, decía. Mentiiira, si el Pedro ni la miraba. Entonces hizo como que quería hacerse amiga de la otra, pa’ embrujarla. Le negra era media zonza, como que no podía maliciar la maldad. Así que un buen día de ésos la mulata la invitó a su enemiga con un plato de mazamorra. La muy pavota se lo comió todito sin saber que adentro’ el plato le había puesto un maléfico… un diablo de los más fuertes. Como a la hora, más o menos, la chica se empezó a sentir mal. A la noche estaba muerta. El Pedro parecía un chico de lo mucho que la lloró a su negra. Como si hubiese maliciado a quién le debía la desgracia, a la mulata no la dejó entrar al velorio.