El primero de mis amigos fue Eladio Heller. Lo siguieron Federico Alberdi, para quien el mundo era claro y sin brillo, los hermanos Hesparrén, el Cabrío Rauch, que descubría los defectos de cada cual; mucho después llegó Milena. Nos reuníamos en la calle 11 de Septiembre, en casa de los padres de Heller: un chalet con techo de tejas francesas, con un jardín que imaginábamos enorme, con senderos rojos, de granzas de ladrillo, rodeando canteros verdes, donde crecían rosales enfermos, a la sombra de copiosas y obscuras magnolias, cargadas, en mi recuerdo, de flores nítidamente blancas.